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La historia de la pobre Deolinda

Y el milagro del amor.

Se llamaba Deolinda Antonia Correa de Bustos, pero al morir perdió casi todos esos nombres y fue conocida para siempre como “La Difunta Correa”

La historia de su vida y de su muerte transcurrió en San Juan, en el límite de esa provincia con la de La Rioja, cuando en esas tierras pisaba fuerte el cuadillo Facundo Quiroga.

Deonda era una chica de campo, hija de un veterano de la guerra por la independencia, que se vio convertido en un perseguido político al caer en desgracia su protector, el gobernador Fernández de Maradona.

Hermosa como cuentan que era, la muchacha dejó de lado a más de un pretendiente para casarse con Clemente Bustos y tener con él un hijo. Pero la felicidad de la pareja duró poco.

Sin pensarlo demasiado, Clemente se unió a las huestes de Quiroga y la dejó tan sola como una joven mujer podía sentirse con un pequeño a su cargo y en el medio del campo hace más de un siglo y medio.

Pasaron días, semanas y meses sin que ella tuviera noticias de él. Desesperada por el acoso de los hombres que la codiciaban, Deslinda decidió, entonces, salir en su búsqueda. Una madrugada, sin que nadie la viera partir, emprendió el camino hacia La Rioja, donde esperaba encontrar a su marido.

Atravesar desiertos y quebradas cargando un niño se transformó en una tarea sobrehumana para esta mujer, que cayó extenuada, deshidratada y con sus pies heridos, en la cima de un pequeño cerro.

El revoloteo de unos caranchos llamó la atención de unos arrieros que, al llegar al lugar, comprobaron, sin poder salir de su asombro, que Deslinda estaba muerta, pero su hijo aún vivía gracias a que seguía succionando el pecho de la mujer.

Después de enterrar el cuerpo de la muchacha, los hombres llevaron al niño hasta el pueblo más cercano y relataron la tragedia a los pobladores de la región.

La gente comenzó a visitar la tumba y Deslinda pasó a ser milagrosa protectora de arrieros y campesinos, con una devoción que todavía hoy se mantiene inalterable.

Durante todo el año, y en especial cada 1° de Mayo, el santuario construido junto a su tumba se llena de ofrendas. Las botellas con agua, que aluden a esa sed atroz que padeció antes de morir, parecen multiplicarse en ese sitio, mezcla de camposanto y punto de atracción turística.

Pobres y ricos se acercan a pedirle y agradecerle, aunque “La Difunta Correa” no integre la lista de los santos oficializados por la iglesia.

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