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La gran fiesta de tía Jane

Ella daría un baile de gala, y entraría de nuevo en la sociedad para demostrar cómo se obsequia una gran dama de la escuela antigua. Se pondría a todo nivel y les daría una lección a esos advenedizos.

Graham Robertson escuchó en varias ocasiones a su gran amigo Oscar Wilde contar esta historia.

Tía Jane, vieja y orgullosa, vivía sola en una casa melancólica del condado de Tipperary. Los vecinos nunca la visitaban, y si uno de ellos lo hubiese hecho, tal acción hubiese sido para ella motivo de mucho desagrado. No deseaba que nadie viera los jardines ni la invasión de la maleza, así como tampoco las cortinas ni los muebles desteñidos de las habitaciones que ya ni se abrían desde hacía muchos años. Ni siquiera quería que la viesen a ella, tan anciana y tan sola, sobreviviente de su gran época.

Muchos años estuvo ahogada en la poca luz de su triste atardecer sin conocer nada del mundo de su entorno. Pero una tarde de invierno, tía Jane se dio cuenta de que algo raro pasaba en el vecindario. Personas nuevas habían venido a vivir a la casa de la colina y se preparaban para dar un baile como nunca antes se había visto en esos lados.

Los Ryan eran muy adinerados, y tía Jane decía que no conocía a ninguno de ellos. Entonces tía Jane recibió un terrible golpe, ya que los Ryan no procedían de ninguna parte en especial y sólo se les conocía como gentes de negocios.

“¿Pero qué se habrán creído estas pobres criaturas?”, exclamó tía Jane, “¿quién vendrá a su baile?”.

“Todos vendrán”, le dijeron, “y todos aceptaron su invitación. Será una fiesta formidable”.

Cuando se dio cuenta de esto, la indignación de tía Jane alcanzó grandes proporciones. Hasta qué punto habían llegado las cosas en el vecindario, y todo por su culpa. Ella había descuidado la gran misión de guiar a las gentes, en vez de encerrarse a empollar tristezas debía haber salido al frente a dar pelea. Y fue en ese momento en que tía Jane tomó una decisión.

Ella daría un baile de gala, y entraría de nuevo en la sociedad para demostrar cómo se obsequia una gran dama de la escuela antigua. Se pondría a todo nivel y les daría una lección a esos advenedizos.

Entró en acción. Hizo pintar toda la casa y también la amobló nuevamente, replantó los jardines y se reconstruyeron las calzadas. Todo tipo de manjares, licores y orquesta se pidieron a Londres. Se contrató a un ejército de sirvientes. Todo tenía que ser de la mejor calidad, costara lo que fuera, ya que hasta el último centavo se pagaría, y tía Jane consagraría el resto de su vida a cancelar esa deuda.

Llegó el día, todos los alrededores estaban iluminados con linternas de colores hasta una extensión de cuatro kilómetros. El vestíbulo, el salón de baile y la escalera estaban cubiertas de flores, y el piso brillaba como un espejo.

Los músicos estaban dispuestos y se inclinaron con respeto cuando tía Jane bajó las escaleras espléndidamente ataviada y se colocó erguida y solemne en la puerta del salón.

Allí esperó. Pasó el tiempo. Los sirvientes empezaron a mirarse unos a otros. Los músicos templaban sus instrumentos varias veces para demostrar su celo. Pero los invitados no llegaron. Y tía Jane seguía esperando a la puerta del salón.

Finalmente, tía Jane, con una corte reverencia a los músicos, les dijo que podían pasar a cenar. Nadie ha venido.

Después de subir las escaleras con lentitud, se encerró en su cuarto, no volvió a pronunciar palabra, y a los tres días murió.

Después de mucho tiempo de ocurrido su fallecimiento se descubrió que tía Jane había olvidado enviar las invitaciones.

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