Algunas veces, los temores de la infancia suelen regresar aún siendo adulto.
Presa del horror, no pudo ni siquiera moverse, quedó paralizado en el lecho y así lo encontró uno de sus ayudantes, cuando fue a ver que le ocurría al notar que no salía de su cuarto transcurridas ya las diez de la mañana.
El espectáculo que se le presentó a la vista fue realmente horripilante.
Don Segundo se hallaba tendido sobre el piso, con el pecho desgarrado como si hubiese sido atacado por un enorme felino, sus ojos salidos de las órbitas y la boca abierta de par en par en una mueca de pánico.
Los entendidos en el tema, dijeron que: sin lugar a dudas, el hombre había sido presa de “la dama del baño”, una horrible mujer que aparecía en esos lugares y que luego de destrozar a sus víctimas, les “aspiraba” el alma succionándola por la boca del pobre infeliz que tuviera la mala suerte de recibir su visita.
Ese era un relato que no había podido olvidar ni con el paso del tiempo.
Ahora “la dama del baño” se había manifestado en el mío, aproximándose con paso decidido, con su túnica ondulante y su horrible rostro blanco.
Quedé como petrificado. Ni siquiera podía moverme como para salir de la cama y tratar de alcanzar la puerta de salida mientras la miraba con espanto, aguardando el momento en que decidiera succionarme el alma.
Ante mi sorpresa, me habló cuando estuvo junto al lecho:
-Te querés correr un poco acaparador, dejame un lugar que ya se te terminó lo de ocuparte la cama para vos solo.
En realidad, mi esposa llegó dos días antes de lo previsto después de haber pasado un largo período en la casa de su madre. Ya casi había olvidado su costumbre de embadurnarse la cara con esa estúpida crema “embellecedora” que se colocaba todas las noches antes de retirarse a dormir.