Rojo.
-¿Qué pasa, tío? –casi sin querer le estoy dando la mano como si de un colega se tratase. La rubia sigue mirando.
-Oye, ¿has visto a…?
-Por allí –señalo la barra que hay a nuestra espalda- ha ido a por una bottle.
-Gracias, David. Hasta ahora.
-Eh, eh, eh… No te largues tan pronto que hay cosas que hacer en casa. Los favores se pagan y tú me vas a pagar uno –ya lo tengo agarrado del cuello mientras señalo a la rubita- ¿Qué te parece?
-Marta, 19 años, cuerpo excelente, inteligencia limitada, de profesión, ninfómana. Me gusta.
-¡No te jode, y a mí!
-Pues ya sabes, chico, tírale. Hasta la vista.
Me acerco a ella. Baila contoneando las caderas al ritmo de una canción que no escucho bajo unas luces que no veo. Se mueve muy despacio. El pelo corto le caen en forma de flequillo desordenado por encima de la frente; un escote ceñido y unos pantalones piratas hacen el resto. Le acaricio las caderas mientras me acerco a su oído. Tal vez un poco delgada, tal vez un poco baja. Pero la suerte está echada. Le susurro al oído un hola que podría haber sido cualquier cosa. Probablemente sea la entrada menos triunfal que haya hecho nunca.
-Cierra los ojos, Marta. –y Marta me mira con los ojos más accesibles que jamás me han mirado.
-¿Para qué?
-¿No te lo imaginas?
-No quiero imaginarlo.
-Para soñar, no se puede soñar despierto.
-Ni se puede soñar con tanto ruido.
-Si quieres podemos salir fuera un rato.
-Podemos ir a mi casa…
Apenas tengo tiempo de contestar un “claro” antes de que se despida de sus amigos y tire de mí hacia fuera. Me han mirado con cara de muy pocos amigos. Probablemente estén celosos de que me lleve a su Martita. Pronto desapareceremos de su vista y nos acercaremos a la salida. Me lleva cogido de la mano y me la restriega por su culo ceñido mientras no puedo dejar de imaginármela desnuda entre mis brazos. Fuera está empezando a llover.