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Historias de algún día

Rojo.

Inmerso en la luz y la música de la discoteca todo ha comenzado a dar vueltas. La música es tan buena que no paro de moverme descontroladamente mientras ella me mira como si estuviese loco. Pero aquí la única loca es ella. Su larga cabellera morena realza aún más sus penetrantes ojos verdes. Está tan quieta que parece la presa de una jauría de perros en perpetuo movimiento.

-Pues sí, tía, entonces llega el Joy y dice que ha muerto el inventor de los multicines y que el entierro se celebrará a las 8:00, a las 8:15, a las 8:30…

Y mientras yo río a carcajadas porque ¡coño!, el chiste es buenísimo, ella sigue mirando al suelo. Lo que le pasa es que necesita un tío desesperadamente. Pero ese no voy a ser yo, joder. Que si quiere que le siga el juego, se lo va a seguir su padre, que si quiere que juguemos, vamos a tener que jugar al mío y a mi juego se juega mirándome a los ojos, así que dime por qué escondes tus preciosos ojos verdes.

La música para de repente y todo el mundo deja de bailar para abuchear al DJ. Por primera vez en mucho tiempo siento vergüenza, vergüenza porque busco sus ojos en el silencio y ella parece escuchar todo lo que pienso. Así que no dejo de mirarla y ella me mira y yo me asusto y ella sigue atacándome con su mirada y yo tengo miedo, tanto miedo que temo acercarme a ella y besarla, tanto miedo que deseo con todas mis fuerzas que la música vuelva a sonar para poder partir en retirada, porque como no empiece pronto le voy a tener que ostiar y dejarle las ideas bien claras, que a mí nadie me intimida de esa manera y menos ella.

Por fin la música vuelve y, como si agua caída del cielo se tratase, despierto de mi letargo para abandonar de una vez mi prisión. Ya casi había olvidado por qué me esconde sus ojos verdes. Los esconde porque yo no los busco ni debería buscarlos más.

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