Sobre la dignidad de la mujer. Que se sepa que muchas hemos atravesado por momentos parecidos.
Me llamó. Otra vez me puso triste. Me molesta que me llame; no me gusta. Si supiera lo mucho que me cuesta acomodar mi vida desde que no estoy con él. ¿Será siempre así? ¿Así de desmembrada queda una persona después de una ruptura? ¿Será normal este vacío inmenso que siento en el alma?
No me puedo imaginar viviendo una situación distinta a ésta y sin sufrimiento; la felicidad se ha vuelto para mí un lugar inalcanzable. Siento que mi corazón está seco, disecado; no tengo necesidad de compartir mi vida con nadie. No tengo ganas, no quiero, no puedo. Cada hombre que entra o que aparece para inundar mi soledad se queda por un ratito y basta.
Pensaba que sin él no iba a vivir, que me iba a morir de amor. No puedo imaginarme su cara porque indefectiblemente lloro y lloro… Era para mí el hombre de mi vida, pero me maltrataba tanto… ¡cómo me maltrataba! Por eso me fui, salí a la calle sin más armas que mi dignidad recuperada. Me fui porque en un rapto de lucidez entendí que el precio de su compañía era tan alto. Lo dejé porque una mañana comprendí que mi cuerpo era sagrado y que no hay en este mundo ni manos ni voces autorizadas para mancharlo.