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Guerra virtual

Sobre guerras y coleccionistas.

La “Ambición de Nobunaga” lo trasladaba al Japón medioeval, en los siglos quince y dieciséis en donde decenas de señores feudales rivalizaban por el control del imperio. El objetivo del juego era unir al Japón bajo una sola bandera. El manual seguía fielmente el transcurso de la historia real, el joven Oda Nobunaga había logrado, luego de infinitas pequeñas guerras, unir el Japón bajo su férula, ocupando la capital de Kyoto e instalando un emperador a su gusto.

Pero luego de su muerte a manos de un traidor, el país cayó de nuevo en el caos de los clanes y familias disputándose su herencia. Imagawa Yoshimoto, que había escapado del monasterio en donde sus rivales lo habían mantenido prisionero desde su niñez, Saito Yoshitatsu, que se había elevado al rango de consejero imperial, a pesar de su oscuro origen, su padre, un comerciante en lámparas. Ukita Naoie, famoso por su deslealtad y su habilidad para cambiar de aliado según el viento soplase.

Diego no estaba obligado a seguir fielemente el transcurso de la historia. Podía modificar el curso de los acontecimientos, incorporando nuevas variables, elementos de sorpresa.

A Diego le gustaba cambiar el sentido de la historia, a la que no concebía como una línea recta. El imaginaba ucronías, un Tercer Reich vencedor en la Segunda Guerra Mundial, Las Malvinas por fin argentinas, Napoleón venciendo en Waterloo y muriendo luego a manos de un jacobino exaltado, Carlos XII de Suecia entrando en Estocolmo, luego de haber vencido en Poltava, un Garibaldi al servicio del Papa, en fin, las oportunidades eran infinitas.

Utilizando un programa que permitía construír escenarios y guerras propias, logró resultados muy interesantes. Aníbal no tuvo sólo elefantes en la simulación de Diego, sino helicópteros y bombarderos que hicieron escombros las orgullosas legiones. Y Rommel se defendió de Mac Arthur con cohetes Exocet de gran precisión que ya fueron probados en esa guerra del Golfo que, según Baudrillard, no ha tenido lugar.

El simulador era excelente, hecho por expertos del Pentágono, y los mapas de las ciudades estaban basados en fotos sacadas por aviones espías de gran precisión. El jugador podía situar una guerra en París, y desde el Arco de Triunfo desplegar cañones y carros blindados por los Grandes Boulevares, como había sido el sueño de Haussman.

Y poner bombas en la red subterránea de Londres, que la cruzaba como una apretada malla de pescador. Totenham Court Road, the Temple, the Embankment, Nothingham Hill Gate, London Tower, vean la puerta de los traidores, por donde un día pasó la propia Isabel I, bajo el reino de su hermana María la Sangrienta. Nos queda poca cosa de ella, pero mi reino por un Bloody Mary, con jugo de tomate fresco, vodka y tabasco. Incluso los Balcanes estaban incorporados al juego, con sus ciudades más importantes.

Diego intentó impedir que se derribara el puente de Mostar, pero sin éxito. El azar, que enseña humildad y modestia, había invadido su inocente juego y estaba dictando sus propias reglas.

Cuando desplegó en la pantalla de su computadora la ciudad de Sarajevo, rodeada de montañas, y proveyó a uno de los bandos granadas y tanques, rifles con mira telescópica y bombas y al otro nada, calculó que el conflicto se resolvería en pocas horas.

Pero ya llevaba más de dos años de paciente espera y esa ciudad desarmada, llena de mujeres, de niños y de jubilados no se entregaba. Esta era la mejor guerra de su colección, sin duda alguna.

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