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Guerra virtual

Sobre guerras y coleccionistas.

Diego coleccionaba guerras. Si alguien le hacía una observación, sorprendido por lo peculiar de su afición, se alzaba de hombros, un poco disgustado. “Y qué, no hay gente que junta sellos de correo, latas de cerveza, cajas de cigarrillos, figuritas, libros raros? ¿Qué tiene de extraño que yo junte guerras? No le hago mal a nadie. Las guerras no las invento yo, vienen solas.”

Su familia, tanto por parte de su padre como de su madre, contaba con varios militares. Es cierto, no en todos los casos la carrera militar había estado acompañada de honores y de bien ganadas medallas. El bisabuelo italiano, enrolado en el ejército para compensar la exigua renta de las tierras heredadas por los tres hermanos varones en el valle de la Lucania, había desertado tres meses después de su bautismo de fuego en la guerra de Abisinia. “Yo no he venido como soldado a matar campesinos como yo. Los fascistas y el rey se creen todos Julio César. Yo me marcho a América, que dicen que es tierra de libertad.”

Y el padrino Cándido Robido, que si bien es cierto había llegado a general, pasó una larga parte de su carrera en cárceles y exilios, acusado de participar en conspiraciones contra todos los gobiernos.

“Pero si estos no son gobiernos legítimimamente elegidos, muchacho. He visto con mis propios ojos estancieros cargando peones en sus carros y obligarlos a votar a punta de revólver. Qué democracia ni qué ocho cuartos. Y apenas se sientan en los sillones de presidente o de ministros, roban como cuervos, como cuervos, sí, señor, que mis soldados no tienen ni botas ni mantas para taparse.”

Por último los tíos marinos, cuya única participación en la guerra había sido la de comandar barcos de carga llenos de carne y de corned beef que salvaron a Inglaterra y a los Aliados durante la Gran Guerra. Uno de ellos desapareció sin dejar rastro y entre las pertenencias que su viuda heredó se encontraba un mapa del tesoro que revolucionó al país entero, que pala en mano, se lanzó a los cementerios señalados por el mapa buscando esas monedas de oro. Y los muertos que habían creído que su descanso sólo sería alterado por el sonido de la trompeta de los arcángeles anunciando que el día del juicio había llegado, vieron con disgusto como sus tumbas eran abiertas. Pero esta es otra historia.

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