Se desarrolla en la provincia mexicana.
“Here he is” dijo Panchita a aquel hombre.
Don Jorge apenas pudo reconocer el inglés. El dialecto tarasco parecía reconocerlo de inmediato, sin embargo el inglés era algo que ya ni siquiera podía recordar bien a bien.
Aquel hombre se mostró asombrado y lo primero que hizo fue estrechar la mano seca y tiesa de Don Jorge.
“Soy tu hijo” le dijo este hombre con un español que apenas se podía entender y esbozando una espontánea sonrisa.
Don Jorge se enfureció al imaginar que se trataba de una mala broma. Este hombre se presentó y dijo que se llamaba Frank. Su madre, en efecto, se llamaba Adalia y había muerto el día del parto en un pequeño pueblo en Noruega llamado Aremark.
Él se crió en un orfanato dirigido por monjas. Según le contaron las religiosas, Adalia empezó a sufrir las contracciones en el momento en que el tren hacía una escala en ese pueblo, así que como en un impulso, Adalia salió del tren y buscó a un taxista para que la llevara a un hospital.
El taxista la llevó a un convento, donde las monjas la auxiliaron a dar a luz. Las monjas decían que Adalia murió mientras apretaba con fuerza un prendedor que tenía dentro una foto de su esposo. Frank sacó de su bolsillo el prendedor y lo mostró a Don Jorge. En efecto, era una foto antigua de Don Jorge sonriendo vistiendo un impecable smoking. Nuestro ancianito no hizo otra cosa que tirarse de rodillas y derramar sus lágrimas sobre los lustradísimos zapatos de Frank. Frank se agachó para abrazarlo y le explicó que este feliz encuentro se lo debían a Panchita a quien había conocido en un Congreso de Medicina en Oslo y de quien se había hecho muy buen amigo desde entonces. Cuando le mostró la foto de su padre, Panchita inmediatamente reconoció a Don Jorge y le contó todas las historias que le relataba cuando era niña.
Frank llevó a su padre a la Hacienda de Cantalagua, a unos cuantos kilómetros del pueblo, y donde estaba su hotel. Ahí Frank le prestó uno de sus trajes y se fueron a cenar. Platicaron toda la noche. Don Jorge le decía que ahora nada le importaba, mas que disfrutar el tiempo que le quedara en compañía de su hijo. Frank estaba muy contento en haber encontrado a su padre: pasó toda la noche contándole todo cuánto había hecho, diciéndole que era un prestigiado Cirujano en Oslo, que se había casado y tenía ya dos hijos estudiando en la preparatoria. Le dijo a Don Jorge que dejara todo, que juntos compensarían todo el tiempo que estuvieron separados y que al otro día regresarían ambos a Oslo. Don Jorge, ya con los ojos mas colorados que un capulín por tanto llorar, sin pensarlo dos veces, aceptó.
Sin embargo, aquella noche, en la tranquilidad de la habitación en la Hacienda de Cantalagua y en la profundidad de su sueño y con una sonrisa en su boca, Don Jorge murió. Frank no pudo ocultar su emoción al encontrarlo inmóvil a la mañana siguiente: y es que solo podía tener gratitud a esa noble persona que le dio la vida y con la que -por azares del destino- no pudo compartir más tiempo.
Frank arregló que los restos de su madre fueran traídos a Michoacán y a partir de una muy sencilla ceremonia en el camposanto, un Día de Todos los Santos, y en compañía de todo el pueblo, Don Jorge y Adalia reposan eternamente en un vasto y tranquilo lugar donde apenas se escucha el soplar del viento y donde ambos están cubiertos debajo de ese profundo cielo de Contepec, que como afirma el poeta Homero Aridjis: “es más azul que el cielo azul del Mediterráneo”.