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Ellos

No podía creer que en la radio estuvieran anunciando mal tiempo. Hasta donde mis ojos podían ver, el azulino cielo invadía todo como un manto precioso.

No podía creer que en la radio estuvieran anunciando mal tiempo, hasta donde mis ojos podían ver el azulino cielo invadía todo como un manto precioso; la ruta estaba desierta, hacía varias horas que no veía pasar vehículo alguno. A mi derecha un frondoso bosque, y a mi izquierda el oro de los girasoles embriagaba mis ojos.

–Ningún letrero, y mi auto seguía devorando kilómetros. Aún me quedaba medio tanque de gasolina, pero mi vehículo se negó a seguir. Parado a un costado de la ruta y cerca de la gran cruz de hierro traté de investigar el motor, pero nunca fui muy práctico para la mecánica, lo mío era la salud, hacía más de veinte años que atendía a mis pacientes en el Hospital zonal. 

Había pasado dos horas de completa soledad, cuando a la lejanía un punto negro crecía segundo a segundo, a los pocos minutos una vieja camioneta se detuvo junto a mi auto; un anciano que la conducía me preguntó:

¿Lo llevo al pueblo?

Le agradecí y subí sin dudarlo. Le expliqué lo sucedido con mi vehículo, pero el hombre sólo asentía sin pronunciar palabra.

¿Cómo se llama el pueblo, caballero? –le pregunté

-“Main” –contestó el hombre

-No conozco ese pueblo. –le dije

-No lo encontrará en ningún mapa, es muy pequeño y queremos que siga así.

El lugar parecía de película, el típico pueblo fantasma, mucha casa de madera y calle de tierra. 

-¿Dónde está el taller? –pregunté

-En la otra esquina –dijo el hombre y se marchó sin saludar.

Caminé y una vez dentro del taller, llamé

-¡Hola! ¿Hay alguien?

Un hombre salió, vestía con ropa de trabajo y tenía la misma mirada perdida que la del anciano que me socorrió en la carretera.

Le expliqué el problema con mi auto, pero éste me interrumpió diciendo:

-Hasta mañana no tengo grúa. Deberá pasar la noche en el hotel.

Respiré hondo y con una incipiente depresión llegué al hotel, estaba desierto, al cabo de unos minutos apareció el conserje.

Tenía la misma mirada perdida, y hablaba muy pausadamente. Ya en mi habitación me di una ducha y me acosté. Dormí profundamente, pero algo me despertó a la madrugada, una fuerte luz entraba por la ventana era de color blanca pero cambiaba de tonos, por momento azul, luego blanca, amarilla, yo estaba confundido y corrí la cortina para ver que sucedía, decenas de personas estaban formando fila en la calle y en el centro de la misma un resplandor, el fulgor me cegaba. Tuve mucho miedo, y sin pensarlo me oculté.

Se sucedían los estrafalarios sonidos, mis ojos apuntaban a la ranura de la puerta y las sombras se sucedían unas tras otras cual peregrinación. Mi reloj marcaba las 04.05 am y ya no escuchaba absolutamente nada, sólo los latidos de mi corazón. A las 06.30 bajé tímidamente por las escaleras hacia el corredor central, estaba desierto, me acerqué a la gran puerta y para mi sorpresa me esperaba mi auto, sin siquiera intentar buscar al mecánico, subí y me marché raudamente. Una vez en la carretera la serenidad volvía a mi cuerpo, al igual que la calma luego de la tormenta.

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One Response to “Ellos”

  1. muy atrapante, te felicito por el articulo y te aplaudo.
    saludos

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