Reflexiones de un ángel. El verdadero valor de la amistad. Material didáctico para leer en escuelas, iglesias, grupos de autoayuda y cualquier persona que desee detenerse un momento y reflexionar sobre las cosas realmente valiosas de nuestra existencia.
Ninguno de los que se decían sus amigos se acercó tan sólo por curiosidad a su casa al notar su ausencia. Sólo su perro continuó realizando el trayecto diario al pueblo cercano buscando algún resto de comida que pudiera devorar. Y al dar las seis de la tarde retornaba al manzano. Cuando no conseguía nada de alimento siempre encontraba algunas frutas caídas del árbol las cuales devoraba con placer. En las noches sin luna le lloraba al recuerdo del amo y terminaba acurrucado en el tronco. Así pasaron siete años. El perro ya no tenía la agilidad de antes, su pelo estaba encanecido. Las fuerzas disminuían en sus piernas, pero el recuerdo del amigo continuaba tan vivo como siempre. Un día no pudo más.
Agotado más que de costumbre por el viaje de regreso llegó al viejo árbol. Se sentía hambriento y solitario por no conseguir nada en todo el día. Lloró amargamente al recordar al amigo y sintiendo la muerte cerca se recostó sobre el lugar en el que estaba enterrado. Percibió entonces la muerte cercana. Lamentó morir ahí, en soledad y sin nadie a quien le importara. Lloró con dolor y cerró los ojos esperando el momento final. de pronto se sintió levantado y confortado. Creyendo que era la muerte no hizo intento por mirar.
- Querido amigo – escuchó decir a una voz antaño conocida – ¿Acaso no quieres volver a verme?
El animal abrió los ojos y en su marchito corazón palpitó un último aliento de vida. Miró a su viejo amigo convertido en árbol mientras con sus brazos hechos de ramas lo levantaba con mucho cuidado.
- Sí, soy yo amigo, nunca te abandoné. Cuando no tuviste fortuna fui yo el que te entregó frutos para que pudieras alimentarte como tú hacías conmigo cuando me llevabas alguna liebre, ¿lo recuerdas? Es hora de que me acompañes a otra pradera donde nunca falta la comida y hay manzanos que dan una fruta deliciosa.
El viejo perro movió la cola y expiró. Felizmente, ambos partieron para siempre a un mítico jardín eterno que les abrió las puertas gustoso por saber que aquel animal había dejado como legado para la humanidad el recuerdo de una amistad imposible de igualar por ningún hombre pues éste, con todo y su pensamiento lógico, difícilmente podría superar lo hecho por el corazón de un perro.