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El viejo y el perro

Reflexiones de un ángel. El verdadero valor de la amistad. Material didáctico para leer en escuelas, iglesias, grupos de autoayuda y cualquier persona que desee detenerse un momento y reflexionar sobre las cosas realmente valiosas de nuestra existencia.

Vivían hace mucho tiempo un viejo y un perro en una humilde casita hecha en su mayor parte de palos en una desolada región de Oaxaca. Eran amigos entrañables y por lo mismo ambos compartían la misma pobreza. Si el viejo recibía como caridad una tortilla y un trozo de cecina, compartía religiosamente la mitad con su inseparable compañero. Por igual, si el perro cazaba un animal silvestre como un conejo, regresaba a donde su amo moviendo la cola y llevando en el hocico al animal.

El viejo se levantaba todos los días a las seis de la mañana y con el perro por delante caminaba casi dos horas hasta el pueblo más cercano. Ahí se instalaba a las afueras de la iglesia y pedía limosna pues debido a su avanzada edad ya no le permitían laborar en ningún sitio. Alguna vez había tenido hijos, pero luego de darles su juventud entera trabajando para sacarlos adelante terminaron abandonándolo después de casarse sin jamás regresar.

A las seis de la tarde emprendían el regreso. A veces felices por haber recibido lo suficiente para bien comer, otras ocasiones con la mirada gacha por no tener ni para comprar tortillas. Era en esos días cuando el perro más se esforzaba por capturar alguna liebre y para fortuna de ambos casi siempre lo conseguía. Cuando no resultaba así tomaban un sendero oculto el cual desembocaba hasta un viejo manzano. Ahí calmaban su hambre devorando los frutos caídos. Reían, jugueteaban y pasaban momentos inolvidables disfrutando uno del otro.

En el viaje de regreso casi siempre encontraban algún conocido que de inmediato interrogaba al viejo sobre la fortuna del día y cuando éste respondía que había resultado espléndida, éste alababa al anciano y le decía lo mucho que lo apreciaba además de considerarlo su mejor amigo. Siempre conseguía su objetivo: el viejo pasaba a la tienda más cercana y compraba no dos, sino tres raciones o más de comida, dependiendo el caso, para la cena e invitaba a los “amigos” a compartir la mesa de palos hecha por él mismo. Estos por supuesto no dudaban en aceptar y en devorar cuanto pudiesen. El perro siempre gruñía por lo bajo demostrando el desacuerdo de que aquellos vividores los acompañaran, pero el viejo, que era de gran corazón, lo contenía diciéndole lo grande que era el todopoderoso al permitirles comer ese día.

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