Este conocimiento tenía la absurda forma de un viejo tejedor derrotado y alcohólico, que ya parecía estar viviendo los últimos momentos de su arruinada vida.
Hace muchos años, nos cuenta Clarence Budington Kelland, en la época de una de las tantas crisis económicas, un hombre consiguió trabajo en una fabrica de tejidos de lana en Inglaterra. Su horario de trabajo era desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana y su salario era muy modesto.
Esta situación no es la que la educación moderna ve como vehículo adecuado para ingresar al mundo de la cultura, pero esta historia tal vez lleve un poco de esperanza a los que no pueden obtener los beneficios de la educación moderna en los países en vías de desarrollo.
El trabajo de este hombre era operar una maquina tejedora mecánica en un gran salón oscuro alumbrado solo con la luz de las velas, Y para él, un joven tímido y silencioso, las largas horas nocturnas debieron haber sido interminables, a no ser por la educación que tuvo a su alcance en la maquina vecina a la suya.
Este conocimiento tenia la absurda forma de un viejo tejedor derrotado y alcohólico, que ya parecía estar viviendo los últimos momentos de su arruinada vida, y que no podía con otra ocupación mayor.
Pero este viejo debió ser en su juventud un hombre notable, ya que decía haber conocido a grandes personalidades, como actores famosos, y además, estaba dotado de una memoria privilegiada. Podía recordar dramas completos, y no solamente su argumento, sino que también el diálogo entero con precisa exactitud. Y de esta manera, todas las noches, para alivianar las horas de labores y divertir al muchacho, recreaba en voz alta los dramas de Shakespeare y otros autores.