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El tejedor alcohólico y la sabiduría

Este conocimiento tenía la absurda forma de un viejo tejedor derrotado y alcohólico, que ya parecía estar viviendo los últimos momentos de su arruinada vida.

Hace muchos años, nos cuenta Clarence Budington Kelland, en la época de una de las tantas crisis económicas, un hombre consiguió trabajo en una fabrica de tejidos de lana en Inglaterra. Su horario de trabajo era desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana y su salario era muy modesto.

Esta situación no es la que la educación moderna ve como vehículo adecuado para ingresar al mundo de la cultura, pero esta historia tal vez lleve un poco de esperanza a los que no pueden obtener los beneficios de la educación moderna en los países en vías de desarrollo.

El trabajo de este hombre era operar una maquina tejedora mecánica en un gran salón oscuro alumbrado solo con la luz de las velas, Y para él, un joven tímido y silencioso, las largas horas nocturnas debieron haber sido interminables, a no ser por la educación que tuvo a su alcance en la maquina vecina a la suya.

Este conocimiento tenia la absurda forma de un viejo tejedor derrotado y alcohólico, que ya parecía estar viviendo los últimos momentos de su arruinada vida, y que no podía con otra ocupación mayor.

Pero este viejo debió ser en su juventud un hombre notable, ya que decía haber conocido a grandes personalidades, como actores famosos, y además, estaba dotado de una memoria privilegiada. Podía recordar dramas completos, y no solamente su argumento, sino que también el diálogo entero con precisa exactitud. Y de esta manera, todas las noches, para alivianar las horas de labores y divertir al muchacho, recreaba en voz alta los dramas de Shakespeare y otros autores.

También el viejo ebrio leía libros sacados de la biblioteca de su gran memoria, ya que parecía haber leído grandes cosas de mucho valor, como las obras de Dickens, historia antigua, historia general, Robinson Crusoe o Las Mil y una Noches.

Así, todas las noches, y mes tras mes recitaba todo lo que sabia, y al no tener otra cosa en que ocupar su imaginación, el muchacho adquiría y memorizaba toda esta maravilla. Y antes de aprender a leer conocía de memoria lo mejor de la literatura inglesa.

Tiempo después, el muchacho, se traslado con su familia, todos ellos tejedores, a América, en donde pudo asistir, por vez primera a una escuela y allí recibió la única enseñanza oficial de su existencia, y solo durante seis meses.

Aunque no conoció las formalidades del idioma, el estaba ya atravesado por las letras de los libros, y aunque su pronunciación no era buena, y su escritura tampoco, dominaba si el arte de la lectura, lo que fue desde siempre la pasión de su vida.

Junto a esto adiciono la bella cualidad de pensar, ya que no es posible tener contacto con las ideas escritas sin tener un caudal de ideas personales.

Tiempo después se caso, y cuando se estableció no solo leía libros, sino que también los adquiría. Y sus hijos, desde pequeños tenían ya la biblioteca más grande del pueblo. Allí se encontraban todos los volúmenes que le recitaba el viejo alcohólico de su juventud y que tanto le habían servido para su formación de joven.

Por las noches, al volver de su trabajo, les leía en voz alta a su madre y sus hijos ya que en ese tiempo no existía otro entretenimiento.

Sus hijos, orgullosos dicen no haber conocido a otra persona que haya leído mas libros que el, y probablemente tampoco exista otro que leyera tantos en voz alta a su madre y ellos cuando estaban pequeños.

Antes de asistir los pequeños a la escuela ya habían conocido a todos los grandes de la literatura, y de manera mágica aprendieron a leer solos, y tal como a su padre los invadió la magia de la palabra escrita. Y la educación que recibieron de su padre, pasada por la sabiduría de un viejo mecánico alcohólico, han sido de mas valor de todo lo que aprendieron en cualquier parte. Les dio forma a sus vidas, fue vital en su profesión y fue el piso maravilloso de sus atesorados logros.

Cuando se recuerdan estas cosas en estos días curiosos, se piensa en la forma que tiene la enseñanza como parte de la producción en serie de los países más pobres. Como así también en lo que la persona puede lograr por si misma si se interesa y aplica la inteligencia a su empresa, teniendo tanto mas valor las cosas que se aprenden individualmente como las que se adquieren cuando las dictan las pautas oficiales.

Y es aquí donde estos hombres sienten una enorme gratitud por su padre y por el viejo tejedor alcohólico.

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