Maltratado por un padre alcohólico y golpeador, el niño-rey molestaba a sus compañeros de la escuela, hasta que la historia dio un giro inesperado.
Había llegado el tiempo de comenzar la escuela primaria.
Yo no tenía la experiencia de mis futuros compañeros. Ellos habían
asistido al jardín de infantes y eran del “pueblo”. Muchos se conocían.
Así que mis temores acerca de lo que iba a ocurrir el primer día de
clase se intensificaban a medida que el febrero de 1966 se consumía
entre calores, lluvias y alguna mañana fresca. En marzo comenzarían las
clases.
Con mi madre fuimos a la tienda de Don Mansur a comprar todo lo que
hacía falta: guardapolvo, camisa, medias, zapatos y un pantalón corto
azul oscuro que, recuerdo, me llegaba hasta las rodillas. También los
útiles escolares: lápiz Faver, goma de borrar “Dos Banderas”, goma de
pegar “Plasticola” y un cuaderno “Rivadavia”. Lápices de colores,
plastilina, papel glasé opaco y brillante… Estaba emocionado por ser
el centro de la atención… y de los gastos.
Por fin llegó el día.
Salí de la casa de la estancia muy nervioso. Estaba duro mi cuerpo y el guardapolvo almidonado también.
Lo peor era que mis hermanos y algunos peones estaban llegando del
campo para almorzar, así que no pude evitar las bromas de la mayoría.
Mi madre gritó, casi con desesperación, cuando el “Coral” se me acercó para olfatearme.
-¡Cuidado, Jorge, que no te vaya a ensuciar!
-¡Fuira perro!- gritó Juan Caesán, que recién llegaba.
Luego atinó a decirme con su acostumbrada ubicación:
-”Ta’ buen mozo el Gurí”.
Y se retiró sin decir más. Como tenía cierta ascendencia sobre los
demás peones, parece que su aparición bastó para que todos se retiraran
rumbo al galpón y se acabaran las burlas.
Subimos al sulky y ya salimos al compás del trote cansino del “Ñato”.
Llegamos. Atamos una rienda al palenque recién pintado con cal que estaba en la vereda de la escuela. Entramos,
yo como abrojo aferrado a la mano de mi madre, quien habló con una de
las maestras. La maestra me llevó a la fila de Primer Grado. Noté que,
al pasar, me miraban de reojo los demás chicos y parecía que algunos se
decían cosas al oído.
Yo miraba hacia abajo; tenía miedo de levantar la vista. Duro en la
fila, duro como ese cuello de la camisa, también almidonado, que ya
comenzaba a molestarme.
En eso, alumnos más grandes entraron con la bandera, y después de unas palabras se entonó el Himno Nacional.
Yo ni siquiera sabía una estrofa. Pero la música me hacía latir más
fuerte el corazón, algo que aún hoy, sin ser un nacionalista, me ocurre.
Veía cómo cantaban los de adelante y las niñas que estaban formadas
al costado izquierdo. Me animé y comencé a susurrar algunas palabras,
como para hacer creer que cantaba, y de paso escudriñaba los rostros de
los demás chicos.
Todo parecía normal hasta que una de las que sería mi compañera de
grado me miró desafiante y… con total frialdad me sacó su enorme
lengua. Me puse rojo de vergüenza y volví a bajar la mirada. Más tarde
supe que su sobrenombre era “Pelusa”.
Terminó el himno y las maestras nos hicieron pasar a un aula
prolijamente pintada y con olor a perfume de ambiente. En ese preciso
momento me acordé de la estancia, del potrero, del ombú, del “Coral” y
de los cuentos de los peones en las noches de asado en el galpón.
Me
ubicaron con un chico de aspecto pulcro y bien peinadito “a la gomina”.
Se llamaba Carlos Burgos. Se lo veía simpático y algo conversador. Eso
me tranquilizó bastante.
Alcancé a ver a mi madre que, antes de retirarse, me saludaba apenas asomada a la puerta del aula.
Ése fue el comienzo de mi vida en la escuela.
La señorita nos preguntó los nombres a todos (yo dije el mío con voz
temblorosa) y luego nos hizo dibujar una fruta en el cuaderno (recuerdo
que dibujé una manzana). Al pasar por los bancos la señorita se detuvo,
vio mi dibujo y al ver que yo le había puesto nombre me dijo:
-Jorge Leonardo, ¿sabes escribir?.
-Sí- contesté creyendo que me iba a elogiar.
-Bien, pero no te apures, ya llegará el momento para ponerle el nombre a los dibujos, ahora tienes que borrarlo.
Mis compañeros, incluso Carlitos, me miraron de una forma que mis
ojos se llenaron de lágrimas. Pero no aflojé. Recordé las palabras de
mi padre: “los machos no lloran”.
Igualmente se me vino el mundo abajo. Fue la primera vez que hice
algo mal por apresurado y parece que este error lo volvería a cometer
varias veces a lo largo de mis años, para qué negar.
Llegó el recreo. Todos salimos con nuestro vasito plegadizo para
tomar agua y comernos las galletitas “Manón” que por entonces eran
novedad.
Me quedé apartado, mirando cómo la mayoría se divertía jugando a la policía y el ladrón. Las chicas hacían rondas.
De repente se acercó un chico -debería ser de Cuarto o Quinto- que me dijo:
-¿Vos sos de Primero?
-Sí- contesté.
-Vení, el Rey Leiva los quiere ver.
-¿El Rey Leiva?- pregunté.
-Sí. Él tiene que darles el bautismo de fuego.
Reconozco que me temblaron las piernas y la boca del estómago, pero fui con el chico.
Detrás de una de las aulas, entre el alambre tejido y la pared del
fondo, habían armado una especie de escenario con una pila de ladrillos
y sobre ésta, sentado en una silla, “El Rey Leiva”.
¿Quién era el rey Leiva? Un alumno de varios grados repetidos que debería tener entre quince y dieciséis años. Alto,
rubio y de cabello crespo, su boca siempre estaba entreabierta y sus
ojos traslucían un toque de tristeza. Sus brazos eran largos y
fornidos, sus manos dejaban ver que debería realizar un trabajo duro.
A sus órdenes, un grupo de alumnos de cuarto y quinto grado que iban
llevando uno por uno a mis compañeros hasta su “trono”, y este
pintoresco “Rey” les hablaba algo al oído y luego le daba una palmada,
hacía una seña a sus “servidores” y éstos los iban liberando de aquel
ritual insólito y al parecer bastante inocente. No obstante, las
apariencias engañaban.
Por fin me tocó el turno. Estando frente al Rey Leiva volví a
recordar por un instante los árboles de La Escondida, a Juan Caezán,
dándome unas palmadas de estímulo.
Una mano pesada me devolvió al lugar donde estaba. El propio “rey” me acercó su boca al oído tomándome de la nuca y me preguntó:
-Vos, ¿de qué cuadro sos?
-De Boca- le contesté.
Hubiera sido peor darle un golpe o algo así.
Se enfureció y se levantó de la silla gritando:
-¡Castíguenlo!
Evidentemente, el “rey” era de River.
Sus secuaces me agarraron de los brazos, y uno de ellos con una rama de paraíso me azotó las piernas.