Una historia real ocurrida en la ciudad de La Plata en los años 80 durante una fiesta de fin de año.
Muchas veces, mientras me encuentro descansando suelo reirme solo, lo que insita a la enfermera de turno a preguntarme de que me estoy acordando y muchas veces le contesto que es una larga historia. También me han dicho que por la noche hablo dormido con mis ojos. Siempre fui de recordar mis sueños pero estos son muy complicados para relatar ya que además del hilo de la historia intervienen muchas sensaciones asociadas. Con las vivencias del pasado es mucho más sencillo y como ya me estoy riendo, voy a aprovechar contarles uno de los recuerdos que motivan mis arrebatos de humor, momentos que debido a su carga emocional o su implícita malicia, han quedado grabados en mi memoria.
Lo que más recuerdo no es necesariamente lo que me hace sentir más orgulloso, así que prepárense para escuchar una historia cínica y a la vez graciosa que ocurrió a mis veinte años en el barrio de La Loma de la Ciudad de La Plata, pasando el año nuevo con mi familia y pensando siempre con mis hermanos que hacer para pasarla mejor. ¡Y una idea surgió! Teníamos un muñeco hecho de goma espuma del tamaño de una persona, que mis hermanos mellizos, Fabián y Gabriel, habían construído para crear un clima de terror en una fiesta organizada en nuestra casa, donde el miserable y espumoso androide había sido vestido con un saco largo hasta las rodillas, pantalones y calzado con borceguíes.
Su descerebrado cráneo había sido cubierto con una máscara de goma, réplica del monstruo de Frankenstain, siendo obligado a pasar la noche del baile parado entre tinieblas frente a un ataúd, pero eso es otra historia.
Volviendo a la fiesta de año nuevo, hemos decidido resucitar al monstruo. Le quitamos la máscara, le cubrimos la cabeza con un pasamontañas de color negro y lo llevamos a la calle. Lo apoyamos contra un auto que estaba estacionado, ubicándonos con el monstruo del lado que daba al centro de la carretera.
Cuando vimos que un auto se acercaba, comenzamos a golpearlo al mejor estilo “buenos muchachos”. En el momento preciso, cuando el vehículo estaba cerca nuestro, lo dejamos caer desmayado con su cabeza hacia el medio del camino, por lo que el auto debió eludirlo en brusca maniobra para no cometer “homicidio culposo”. Vaya a saber que pensó el desafortunado conductor, quien logró escapar limpio de la escena del crimen.
Un año para recordar.
que bueno, que manera de reirme, sugue asi.
Muy divertido marcelo!
Va mi aplauso
chingua tu madre guey