Subí las tres vetustas escaleras que separaban mi oficina del olvidado buffet, todo estaba en ruinas hacía muchos años que nadie entraba por las viejas y destartaladas puertas de opaca madera. Al entrar pude observar las tristes mesas, pero me llamó la atención una que estaba perfectamente tendida lista esperando a su comensal.
Al entrar pude observar las tristes mesas, pero me llamó la atención una que estaba perfectamente tendida lista esperando a su comensal.
Me acerqué y al tocar una blanca y almidonada servilleta escuché la voz de un hombre a mis espaldas que me preguntaba:
-El señor ¿que se va a servir?
Al darme vuelta vi a un hombre vestido con los típicos atuendos de mozo, muy pulcro y peinado a la gomina, sus ojos eran oscuros como la noche y tu tez muy blanca.
-Pensé que el comedor estaba cerrado. –le respondí
-No mi señor, nunca estuvo cerrado sólo está a la espera de algún comensal.
-Mi nombre es Manuel.
-Mucho gusto, me llamo Carlos. –le dije
El hombre me ayudo a sentarme y luego me dio un menú. Pedí pollo con papas y agua mineral.
A los diez minutos estaba servido y a los veinte ya había almorzado, llamé varias veces al mozo pero éste no hizo acto de presencia.
Bajé las escaleras hasta mi oficina y mis compañeros me preguntaron dónde me había metido. Les respondí que estaba almorzando en el buffet, con lo cual todos comenzaron a reír.
-Pero si el buffet está cerrado hace años. –decía uno
-Eso pensé hasta que vi al mozo. –respondí
Al oír mis palabras todos enmudecieron
-¿A quien viste? –preguntó un amigo
-A una persona vestida de mozo llamado Miguel y que por cierto me atendió muy bien me sirvió pollo con papas.
Nadie hablaba y todos me miraban.
-Pero que sucede –pregunté
Todos se retiraron a sus escritorios y sólo una persona se me acercó; cuando estuvo lo suficientemente cerca me dijo.
-No sucede nada, sólo que Manuel falleció hace quince años, desde entonces el comedor permanece cerrado.