Cuento corto sobre un romance prohibido.
“¿Cualquier cosa?”
“Cualquier cosa.”
Entonces tomó mi mano y me llevó fuera de mi oficina, hacia el anfiteatro. Me dio pánico al pensar que alguien nos podría ver, entonces recordé la hora que era, las únicas personas que estaban en el campus se encontraban en la práctica de polo. Que alivio. Teníamos toda la escuela para nosotros, mi picaresca rosa roja y yo.
Me hizo señas de que guardara silencio en cuanto entramos al anfiteatro y yo no pude evitar preguntarme que clase de plan maligno tenía en su cabeza. Yulia meticulosamente me guió hasta un rincón escondido desde donde se podía ver todo el anfiteatro y señaló dos siluetas moviéndose de manera obscena en otra esquina secreta, visible solo desde donde nos encontrábamos, estratégicamente, parados. Grande fue mi sorpresa al darme cuenta de que las sombras pertenecían a mi esposa y a su propia fruta prohibida, el alto y musculoso alumno ruso Dominic Petrovski, quién cursa el cuarto año junto con Yulia. El mismo con quien ella está en las fotos que descansan sobre mi escritorio.
Mi primer impulso fue llorar. Tratar de deshacer el nudo que se formó en mi garganta. Tratar de escupir el tumulto de sentimientos dentro de mí. Mi segundo impulso fue bajar y agarrar su cabello, color caramelo, y arrastrarla hasta mi oficina. Mi tercer impulso fue golpear la primera pared que encontrara para liberar mi ira. Ante esta inesperada tormenta de emociones y sensaciones la única cosa clara es que estaba aún más enojado que cuando me enteré de su infidelidad.
Entonces Yulia metió sus manos bajo mi camisa y lentamente acarició mi pecho y mi abdomen, entonces soltó mi correa y pantalón con la fluidez propia del amante más experto. Mientras mis pensamientos cambiaban de dirección a la misma vez que sus caricias tuve una epifanía. Me dí cuenta de que los sentimientos hacia mi esposa se basaban en orgullo, no amor. Y de que mis sentimientos por Yulia iban más allá del deseo, mientras que lo que sentía por mi cónyuge no era tan siquiera eso.
“Quiero que me hagas exactamente todo lo que él le haga a ella,” mi vivo pecado susurró en mi oído, y aunque la voz de mi conciencia me repetía que esto era un nivel totalmente nuevo de perversidad, inclusive para la señorita Thorne, sucumbí a su propuesta y voluntariamente le hice todo lo que Dominic le hizo a mi esposa, finalmente saciando mi sed de su piel.
Tal vez, después de todo, la mejor parte de tocar es ser tocado. Justo como ella me tocaba en ese momento y todo otro momento en el que estábamos solos. O quizás es tocar. Sentir su tersa piel, tan similar a los pétalos de una rosa. La única cosa evidente es que lo más tortuoso de tocar es el momento después de haberla tocado. Ese doloroso momento cuando ya no siento su calor y mis manos se tornan frías y míseras.
Està muy bien escrito, con estilo y buen gusto.
Es tambien una situaciòn por la que muchos han pasado.
Muy bueno.
Es un cuento muy bueno, exquisita forma de narrar, real y provocador.