Cuento corto sobre un romance prohibido.
“Lo más sensual de tocar es, a veces, el instante antes de sentir,” ella susurró en mi oído esa noche en mi oficina, después de haberme envuelto en una telaraña cuidadosamente tejida con sus mentiras de adultos y su encanto de niña de escuela. Voluntariamente caí en su lasciva trampa, rindiéndome ante su coreografiada danza de sonrisas inocentes y miradas que pueden ser cualquier cosa menos lo antes dicho.
Ella, prontamente, me sedujo entre libros y reportes de calificaciones y las fotos de mi infiel esposa cometiendo exactamente la misma indiscreción que yo cometí esa noche con la pervertida señorita. La misma imprudencia que no puedo evitar cometer cada vez que me encuentro a solas con ella.
Yulia Thorne. Srta. Thorne. La espina en mi costado, mi amor, mi alma, mi crimen, mi pecado. Mi dulce pecado. El más dulce pecado.
“Lo más sensual de tocar es, a veces, el instante antes de sentir,” ella dijo, pero olvidó mencionar que lo más tortuoso de tocar es, tal vez, el instante después. Ese segundo cuando te das cuenta que el deleite se acabó y lo único que te queda son las ansias y lo único que te ayuda a sobrevivir segundo tras segundo es el delicado recuerdo de su rozagante piel, aguijoneando tus manos hasta que tengas la oportunidad de volver a tocarla.
“Director Williams,” mi nombre salió de su boca con la peligrosidad de la canción de una sirena en cuanto ella entró a mi oficina. Traté de ignorarla mientras se sentaba en la silla de cuero negro situada frente a mi escritorio y cruzaba las piernas con la gracia de una súper modelo.
“Director Williams,” repitió irritada ante mi aparente indiferencia. Yo levanté la vista, de los papeles que estaba leyendo, y casualmente miré sus ojos verde olivo. Ahí estaba Yulia con sus piernas todavía cruzadas, su pie derecho dando golpecitos impacientes contra el suelo, su tobillo izquierdo dando vueltas en el aire, mientras la falda de su uniforme escolar subía el camino hasta sus suaves muslos, volviéndome loco de envidia.
“¿Sí, señorita Thorne?” pregunté forzando mi vista de vuelta a los papeles en mi mano.
Escuché el sonido del asiento al ella levantarse, luego sentí el calor de sus labios casi rozando mi piel al ella recostarse hacia mí, sobre el escritorio, seguido casi inmediatamente por el débil olor a cigarrillo cuando habló a solo pulgadas de mi cara.
“¿Harías algo por mí Roberto?” dijo, acariciando mi barbilla con malévola persuasión.
Calmadamente cerré mis ojos e inhalé su deliciosamente caro perfume. Una mezcla perfecta de aromas florales y exóticos que siempre hace mi boca agua con la evocación de sus ilícitos labios.
Perezosamente exhalé la fragancia de Yulia, mi fruta prohibida, y contesté su pregunta entre respiraciones forzosas, “Haría cualquier cosa por ti, amor.”
Està muy bien escrito, con estilo y buen gusto.
Es tambien una situaciòn por la que muchos han pasado.
Muy bueno.
Es un cuento muy bueno, exquisita forma de narrar, real y provocador.