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El malabarista

Como tantos otros días, Juan se paraba en medio de la transitada calle y ofrecía su humilde espectáculo, a veces debía apresurarse, ya que el disco escarlata no tenía compasión alguna.

Como tantos otros días, Juan se paraba en medio de la transitada calle y ofrecía su humilde espectáculo, a veces debía apresurarse, ya que el disco escarlata no tenía compasión alguna.

La rutina comenzaba y las pelotitas volaban por los aires, mientras que por la acera desfilaban un sinnúmero de personas que vestían formales prendas, parecían cortados con la misma tijera, y se dirigían hacia el metro rumbo a sus trabajos. El malabarista siempre tenía tiempo para echarles una piadosa mirada, luego suspiraba y seguía feliz y libre sus rutinas acrobáticas.

La vieja gorra recolectaba menguantes metales, a veces debía pasar varias horas para juntar el valor de un litro de leche; había en él mucho de bohemio y visiblemente tenía humildes rasgos anarquistas. De vez en cuando sus ojos se posaban en los conductores y algún niño le sonreía, algo que los adultos no hacían frecuentemente, simplemente porque una sonrisa para ellos equivalía a una moneda, por increíble que esto parezca. Pero el malabarista ya estaba acostumbrado al rechazo, el tiempo supo hacer de él un luchador callejero.

Todo estuvo siguiendo su curso, hasta que un día al meter la mano en la gorra, sacó un cospel de metro, al acercarlo a sus ojos, éstos quedaron completamente cegados y sólo cuando despertó comprendió que ahora estaba vestido con formales prendas y sentado en un triste escritorio juntaba papeles y cobraba pendientes. No discernía como había llegado a ese calamitoso estado, en un tris vio repasando en sus memorias la fila de transeúntes uniformados desfilando hacia el metro; y comprendió lo que estaba sucediendo y por qué toda la humanidad terminaba encerrada en una oficina. Pensó como escapar de ese sitio, mientras lo hacía buscaba su gorra pero sin éxito. Se sentía abatido y triste, como un león domesticado. 

Al mirar a sus compañeros, percibió algo en sus miradas, algo tenían todos en común pero no podían discernir que era. La paradoja le consumía mucho tiempo, desde el escritorio observó por el cristal hacia la calle que ese momento era bañada por el sol de agosto, las hojas se precipitaban y rodaban por el asfalto.

Apoyaba su mano en el vidrio pero sólo podía imaginarse el tibio calor, los cirros y estratos viajaban rápido y recordó haberlos visto cuando alzaba su vista en busca de las esferas de goma. 

Lo llamó la atención un hombre que parado en la esquina pasaba la gorra, Juan entendió que muy pronto tendría un compañero de escritorio.

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One Response to “El malabarista”

  1. glupsx dice:

    muy bueno, ojala no me pase lo mismo y termine siendo parte del sistema, hay que resistir de alguna forma se puede escapar a esa triste rutina

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