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El loco

Cuando la locura se apodera de ti.

Más alto, más fuerte… mejor.

El gimnasio presenta un atlas dibujado en el acceso, engrandecido el dibujo sostiene sobre sus hombros un pequeño mundo. Parece no importarle el tremendo peso del planeta, y lo que es más, sonríe. Hacen notar los tremendos músculos. Carlos, el instructor de pilates, platicaba alegremente con Paola… mi Paola.

Desapareció en mí cualquier duda, ahora estaba sumamente seguro. Concentrado en mis pesamientos, tomé una decision. La visita a ese gimnasio fue una mala idea. La emoción me invadió. Lo bravucón me afloró.

Con pasos definidos crucé la pequeña recepción, la chica recepcionista me siguió en silencio con la mirada, obviamente no me reconoció como socio. El mensaje que enviaba era claro: no estaba ahí por ejercicio.

Abrí lentamente la puerta de cristal al área de “spinning” y de pesas, estratégicamente colocadas, las máquinas de ejercicio eran vistas por los grandes cristales, así los visitantes veían a las personas en plena rutina.

Paola no me veía aún, y aunque no había mucha gente a esa hora, la poca que se ejercitaba estaba muy concentrada en sus rutinas, prácticamente nadie me vio pasar. A unos metros me detuve, dudé, pude haber regresado sin problemas y olvidar el asunto. Pero mi machismo me aventó, no podía permitir que un cabrón greñudo se burlara de mí, y que anduviera con mi mujer.

Así que caminé rodeando bicicletas fijas, hasta llegar al área de los “pilates”. Paola me daba la espalda, sentada en una enorme pelota, como esas que se usan en la playa, Carlos frente a ella. Paola tenía la cabeza a la altura de la cintura de él, por un momento imaginé que ella le hacía sexo oral. Eso calentó más mi mente, apreté el paso hasta llegar al lugar. Carlos fue el primero que me vio. Se extrañó de ver a alguien con pantalón y zapatos en aquella área. Él no me conocía. Su gesto hizo notar a Paola que alguien estaba detrás.

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