Desde su mundo vino al mío para salvarme.
-¿Nos juntamos en el Raver?
-¿A qué hora?
-A las tres.
-Tan temprano mi vieja no me deja, por el sol.
-Bueno… ¡a las tres y media, entonces!
-¡Hechoooo!
Vaya con la diferencia pensaba yo. Pero a las tres y media había que estar. Porque a las seis venían “los grandes” y no nos dejaban jugar.
Es que en la cancha del club Ingeniero Raver la cita diaria era suspendida si caía justo un chaparrón… sino era una fija.
A Julián le quedaba a una cuadra, a Cacho y a Carmelo también. Rubén Sachetto cruzaba las vías y ya estaba. Yo tenía un “tirón” en bicicleta y llegaba. Daniel Lencina lo mismo. ¿Como nos íbamos a perder el “picado diario”?.
Eran pocos los entretenimientos en aquellas épocas. Solo en el bar de Di Yorio había unas máquinas llamadas “Fliper”, pero para jugar no todos teníamos las monedas para comprar las fichas. Eso era un lujo “de vez en cuando”.
El potrero nos enseñó a jugar y también nos enseñó a vivir. Adquirimos experiencias.
Es cierto que la calle adiestra a su manera, es una escuela dura quizás, pero las “materias” quedan grabadas en el corazón.
Me llamaba la atención uno de esos personajes que frecuentaban nuestras siestas futboleras.
Le decían “El Loco David”. Usaba una boina de Vasco negra, anteojos de aumento y lo mas llamativo era que estaba abrigado tanto en verano como en invierno.
Realmente tenía algún trastorno porque se colocaba tres chapitas de gaseosa en la boca; dos a los costados y una debajo de la lengua. El decía que eso le ayudaba a hablar mejor.
Nosotros nos reíamos del “Loco David”. No sabíamos que pasaba dentro de su cabeza.
Los muchachos más grandes le jugaban bromas. Le sacaban la boina de vasco y se la pasaban unos a otros mientras David corría desesperado para recuperarla.
En otras ocasiones, cuando el calor arreciaba y el loco aparecía con su camperón de gabardina marrón, viejo y desteñido por los años y el uso, intentaban desvestirlo para luego correrlo con un tacho lleno de agua.