Una visita a la cárcel de animales.
¡Ay estos grandes con sus contradicciones!
En el zoológico no fue menos mi confusión. Yo esperaba ver los animalitos sonrientes de los dibujitos del folleto que nos entregaron a la entrada. Lamentablemente me llevé varias desilusiones.
Los animalitos no sonreían, estaban tristes y olían mal en muchos casos. Salvo los monitos, que me salvaron la visita con sus “monerías”, casi todos los demás “prisioneros” se escondían. Quizás no querían mostrar su desgraciada condición.
Vi una jaula vacía. Un cartel explicaba que era un zorro de las pampas argentinas. Comentaba su nombre científico, su habitad y tipo de alimentación. Pero el cartel no explicaba porque se había muerto.
¿Cual será la razón para tomar prisionero lo que nos gusta?
Será que por ser “humanos” nos creemos con derecho a privar de la libertad a los seres “inferiores”.
Me quedó grabada una broma que le gasté años mas tarde a un doctor que se consideraba amante de la naturaleza.
El facultativo se jactaba de amar tanto a los animales que iba con unos compañeros de la universidad recorriendo una estancia y vio unas vacas tomando agua en un bebedero. Se inclinó y se puso a beber junto a ellas.
-¿Por qué lo hizo?- le pregunté.
-Para demostrarle a los que estaban conmigo que pese a ser seres superiores convivimos con la naturaleza.
-¿Y les pidió permiso?
-¿A quienes?
-A las vacas. Si Usted dice amarlas tanto, por respeto, podría haberles preguntado si ellas estaban de acuerdo en que bebiera de su agua.
En fin, al volver a Los Cardales, sentí un alivio. Demasiado trajín en Buenos Aires. Ya en ese entonces la marea de personas andaba a los empujones y a las corridas en los andenes. Me alegró sentir otra vez la “voz” repetitiva del tren: “Cinco pesos, poca plata…Cinco pesos, poca plata”.
Llegamos a la estación del pueblo. En el palenque estaba el “Ñato” ensillado con el sulky. Eran las diez de la noche. Desde la siete de la mañana nos estaba esperando sin beber ni comer.
-“¡Ah caballito fiel!”- dijo don Roque -“¡sólo le falta hablar!”.
-¡Menos mal que no habla!- pensé dentro de mí -¡no quisiera escuchar sus insultos!