Un hombre en una noche cualquiera juega una partida con su propia muerte, en ganar o perder está su destino.
El Flaco callado, exhalaba el humo.
El bolichero casi dormido miraba la escena, un hombre y su muerte en el último juego.
Temía interrumpir, sabía que era un momento sagrado. Todos en algún lugar, en algún tiempo, recibimos el desafió de ella. El temeroso cantinero deseaba dejar su encuentro para otro día.
Los finos y largos dedos asomaron, acercando el taco a la bola. La mano de la muerte se movió veloz, previendo esquivar el contacto con la luz fatal.
El viento corrió la celosía dando paso al peligroso haz de luz, confundiendo vida y muerte.
El rayo atravesó el verdor del paño.
Los ojos del Flaco se cerraron. El destello de luz fue infernal. El cantinero cubrió su rostro con las manos. La bola rodó lenta tras el débil y frustrado golpe de la muerte. Se hizo un confuso silencio. En el espacio se creó un túnel de encuentro para los seres que viajan entre el presente y lo eterno. Viaje de ida y vuelta con el que diariamente convivimos los distraídos mortales, sin recordar que somos vida y muerte, ocupando un lugar en el espacio-tiempo.
El cantinero abrió los ojos y miró asqueado el piso.
La piel de la muerte, yacía en el suelo empapado, cubierto de una gelatina púrpura y burbujeante.
El Flaco tomo su gabardina de una silla, hizo un gesto cotidiano y volvió su vista al suelo.
Su muerte había muerto, una vez más volvía a estar solo. Una soledad deseada, al menos por ahora. Ya que la eterna compañía de la muerte, hoy no le apetecía.
Volvió a pensar cual sería su futuro, que sería de sí, sin su propia muerte. Que pasaba con un mortal con su muerte ya muerta.
Colocándose los lentes oscuros, dando lentos pasos hacia la salida del boliche, miro una vez más a su oponente y pensó que la muerte de su muerte no era para tanto.