Un hombre en una noche cualquiera juega una partida con su propia muerte, en ganar o perder está su destino.
l lugar era oscuro. Un letrero de neón tras la barra reflejaba una sufrida luz naranja.
El cantinero, aburrido, encendió un cigarro y levantó la vista hacia la única mesa ocupada del local con intenciones de pagar.
El Flaco no se percató que la noche huía.
El cantinero despidió a la gente y desvió la vista hacia el flaco.
El flaco no era más que un hombre absorto, disimulando su sola soledad, un hombre ausente, sosteniendo sus andamios interiores, fiel compañero de sus cavilaciones.
De pronto comenzó a entrar un aire frió delatando el advenimiento del amanecer.
Los dedos del Flaco acomodaron el palo del Billar. El golpe era fácil. Casi obvio. El vaivén previo. Los ojos fijos en la bola. A un lado el humo subía recto, hasta que el movimiento del ventilador de techo lo disipaba frenéticamente.
Sus oídos eran sordos, escurridizos a la risa del invisible contrario.
Los agudos gemidos de su oponente, intentaban molestar y erosionar los sentidos que aun sobrevivían a la noche de humo, alcohol y profunda soledad. Gemidos inaudibles para ciertos mortales, que para él, para el Flaco, sin comprenderlo aun, eran ruidos siniestros, anuncio sepulcral del día que se nacía.
No quedaba mucho tiempo para un final feliz en el mundo de los difuntos.
Los muertos tenían sus reglas y los vampiros tenían sus mañas, pensó.
El flaco, siempre jugaba en un estado especial. Para algunos, ” borracho”. No podía resistir, se refugiaba en la noche para charlar con sus silencios y realizar su rutinario viaje hacia el otro lado. Lugar de soles oscuros, cruel realidad de quien busca respuestas.
Tal vez sencilla interrogante de aquellos que tienen poco para perder, porque sienten que han olvidado distraídamente, en algún rincón de su vida, la esperanza.
Hoy, el Flaco jugaba una partida crucial.
Como muchas de esas crueles noches, tenía enfrente a su propia y sombría muerte. Muerte, fría, azul, egoísta y profundamente suya. No había tregua, estaba jugando y debía ganar.
El astro rey entraba en el pueblo sin contraseña. Para él, era tan peligroso como su siniestro oponente de capa negra y muerte eterna.