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El fin de una raza

La lucha por la supervivencia genera la supremacía de las razas más potentes sobre las más débiles…

Entonces vieron las figuras. Estaban entre las lianas de los troncos situados enfrente de ellos. Serían unas diez siluetas. Los dos científicos se restregaban los ojos de las gotas de lluvia para apreciarlos mejor. Se quedaron boquiabiertos.

- Jesús Santo – se le escapó al biólogo más veterano.

Los cuatro porteadores enloquecieron del horror. Abandonaron su sitio bajo la lona y cada uno huyó a su aire. Los científicos vieron como detrás de cada porteador iban dos figuras persiguiéndolos hasta alcanzarlos y tumbarlos de espaldas sobre el lecho fangoso.

- Es imposible. Si miden casi TRES METROS – dijo el científico más joven.

Les fueron arrancadas las cabezas a cada uno de los porteadores. Luego las piernas y los brazos con la misma facilidad que si se estuviera desmembrando un muñeco de peluche.

El científico más joven, que se llamaba Thomas, vio petrificado como su compañero era tironeado de una pierna por una de las figuras demenciales, siendo arrastrado hasta desaparecer detrás de un tupido matorral.

Estaba solo. Todas las demás figuras, los restos de los porteadores y su colega de profesión habían desaparecido de la escena. La lluvia continuaba inclemente. Se quiso incorporar entre temblores. Lo consiguió a duras penas. Se fue alejando de la lona hasta que tropezó con una de las sobrecargadas mochilas, cayendo de medio lado sobre la rodilla derecha. Notó un crujido seguido de un fuerte ramalazo de dolor. Se había producido una rotura de ligamentos. Hizo lo posible por darse la vuelta hasta quedar sentado con la espalda recostada contra las abultadas escamas de la corteza de un tronco.

Al otro extremo resurgió la figura de Lettisier. Medía dos metros ochenta. No era el más alto del grupo, pero si el más carismático. Les había dicho a los demás que iba a encargarse él solo de ese hombre. Cogió impulso desde sus talones y pegó un brinco descomunal de siete metros que lo situó frente a Thomas. El científico contempló a la criatura con un pánico incontenible.

- Esto no es real. Tú no puedes existir – murmuró atónito.

Los cabellos de Lettisier eran lacios y oscuros y le llegaban hasta las rodillas, tapándole el rostro por completo. Estaba desnudo. Su piel era algo escamosa y sus articulaciones eran extremadamente delgadas. Su olor corporal era nauseabundo al estar recubierto por los excrementos de sus propias víctimas.  Transcurrieron unos segundos de quietud, hasta que la criatura decidió que era hora de cebarse en Thomas. Lo hizo con tal presteza, que no le dio tiempo ni a aullar de dolor antes de morir.

Lettisier estaba un poco más esperanzado ante el futuro de su raza. Los restos de los seis hombres estaban amontonados en el centro de un claro. Había parado de llover. Miró a sus hermanos. Alzó su rostro oculto entre mechones de largos cabellos hacia la espesura de las copas de los árboles y prorrumpió en un alarido de satisfacción. Los demás le acompañaron en la letanía, convencidos que con el liderazgo de Lettisier su extinción iba a posponerse en los siglos venideros. Pues sus vidas eran longevas y sanas y tan solo les quedaba hallar una compañera con la que perpetuar y asegurar la especie.

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