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El anciano del parque

Al marcharse los niños la señora no pudo menos que sonreír, ya que Ferenc les había dado una lección inolvidable a aquellos pequeños. Y era mejor que no supieran que se las dio sin darse cuenta.

Don Ferenc Hrdlyka fue un muy buen maestro de escuela en Polonia, su tierra natal.

Durante la ocupación alemana, en 1941, este maestro fue marcado con un número en el brazo para luego desaparecer en un campo de concentración, y sus colegas de Inglaterra y Estados Unidos pensaron que ya no volverían a saber más de él.

Pero un día, en 1945, cuando el ejército aliado entró en Dachau, supieron que este profesor, de nombre impronunciable, estaba vivo. Y los maestros de Norteamérica gestionaron el viaje del profesor al continente americano.

Así, algunos meses después de verse liberado se encontró en un barco que lo llevaba con destino a su nuevo hogar, Nueva York. Fue recibido por destacadas personalidades de la educación y del quehacer universitario, y éste les expresó su más grande agradecimiento sincero, para luego ir a conocer la casa en la que viviría el resto de su vida.

Al pasar por la universidad se paró a respirar, de nuevo, y por unos momentos, el ambiente de los jóvenes que se educan y analizan la vida científica sin las trabas con las que a él le tocó vivir.

Al día siguiente Hrdlyka fue a dar una vuelta por el parque cerca de su casa. Cuando estaba allí, unos muchachos, a los que les causó extrañeza la larga barba y el corte extranjero de su vestimenta, se pusieron a mirarlo con cierta petulancia.

Lo trataron de “polaco sucio”, y le gritaron que se volviera a su país. Mas el viejo profesor le devolvió una sonrisa  al que le había gritado, se sentó en un banco, sacó su pipa del bolsillo y tranquilamente comenzó a fumar. Después de pasar unos momentos mirando jugar a los niños, se puso a caminar lentamente y regreso a su casa, seguido de cerca por los atrevidos chiquillos que se burlaban de su sombrero y de su paso algo inseguro.

Al otro día volvió al parque, y cuando vio a los muchachos les sonrió como si nada hubiese ocurrido. Nuevamente los chicos se burlaron de él y cuando notaron que el anciano les seguía sonriendo se desconcertaron, sin saber qué pensar con respecto a eso.

Y así sucedió durante varios días. Al final, confundidos por la actitud del viejo maestro, afable, los muchachos terminaron con sus burlas y comenzaron a responder, con timidez, a sus sonrisas.

Cierto día, el anciano faltó al parque. Y cuando pasaron varias jornadas sin que le vieran por los alrededores, los chicos empezaron a preguntar por él a los vecinos, y alguien les dijo, por fin, dónde vivía, y fueron a buscarlo. Les salió a recibir una señora vestida de riguroso negro.

Les dijo que el profesor había muerto. Los muchachos le dijeron a la señora que se habían acostumbrado a verlo por el parque, y le confesaron que en un comienzo se burlaban de él.

La señora les preguntó por qué razón habían variado de actitud, a lo que los chicos le respondieron que no lo sabían, que sólo se habían encariñado con él.

Al marcharse los niños, la señora no pudo menos que sonreír, ya que Ferenc les había dado una lección inolvidable a aquellos pequeños. Y era mejor que no supieran que se las dio sin darse cuenta.

Nunca sabrían que como consecuencia de una golpiza brutal, sufrida en el campo de  concentración en Polonia, Ferenc Hrdlyka estaba, desde ese tiempo, sordo como una tapia.

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One Response to “El anciano del parque”

  1. me ha gustado tu narración muy buena pero es real o es un cuento como sea es muy buena historia saludos.

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