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Don Quiñones

A un ser humano excepcional, un padre, un amigo, un hombre de bien.

Los chicos siempre jugábamos al fútbol.

En los potreros, en el club Raver, en el patio de la escuela.

Donde hubiera espacio, tiempo y una pelota allí se armaba el juego.

Tal vez yo me dediqué más que muchos de mis compañeros a ese deporte porque mi meta era ser futbolista de algún club importante.

Recuerdo que mi madre me llevó al médico porque estaba muy delgado. Tenía 11 años para ese entonces. El doctor Palópoli me prohibió jugar por un tiempo y me recetaron vitaminas: un remedio llamado “Calcifor”.

No hice mucho caso a la restricción. Me escapaba a la siesta y desde las dos o tres de la tarde volvía a eso de las siete a mi casa, donde me esperaban los rezongos de doña Aurelia.

En ese club Raver jugaba con personajes que quedaron grabados en mi mente y conformaban un mundo más bien ajeno al colegio: el gordo “Lavandina”, el “Patón” Sosa, los cordobeses Sodero, que eran tres hermanos, el “Rey” Erize, los “vascos” Chichirico. Todos ellos eran mucho más grandes que yo.

Había un vecino, el “Negro” Ferreira. Con el terminábamos de jugar y pasábamos por el almacén de Don Julio y nos comprábamos unas fetas de salame milán, algo de pan y, si alcanzaba, una gaseosa. Entonces sentados contra la pared del frente comíamos a gusto.

Aquel “negro” Ferreira me enseñó algo más en la vida: no malgastar el dinero en golosinas.

El trabajaba y ayudaba en su casa. Sabía lo que era pasar necesidades y esa “escuela” a mi me costaba entenderla.

De mis compañeros, “Cacho” Galarza fue, quizás, quien más se “prendía” en aquellos partidos con “los grandes”. Íbamos al mismo grado pero en distintas aulas. Cacho jugaba muy bien al fútbol.

En la escuela, nos juntábamos todos: Julián Martín, Daniel Lencina, Roberto Atienza, Rubén Sachetto, el “Tano” Carmelo Grecco, Huguito Lapena, el mismo “Cacho” Galarza y algunos otros.

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