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Don Luiseñor y la cosa

El suicidio no siempre es cosa fácil.

Don Luiseñor echaba devaneo. Sólo había cuatro puertas para ingresar a la torre. La primera, bloqueada por una corrida de toros a punto de reventar, daba vía expedita a una carroza mortuoria que conduciría al torero a la sala de velación, medida preventiva de los empresarios prestos a socorrer al difunto cornado en caso de ser difunto y en caso de ser cornado.

La segunda abría paso a tres hileras de marineros que trasladaban un buque de la flota mercante al sitio de exhibiciones, cada una entonando la canción de Mambrú a más de veinticinco millas al Este.

La tercera se dejaba penetrar por el circo moscovita venido a ver por curiosos de la ciudad que jamás habían oído hablar a un serpentauro, monstruo mitad serpiente mitad novillo.

La cuarta continuaba sellada por las autoridades debido a un incidente en el que una mujer entrada en arrugas murió de infarto natural cuando su cantante preferido culminó la segunda interpretación arrodillado frente al público.

Como iban las cosas, trepar a la torre constituía uno de los actos más soberbios de la historia. Don Luiseñor así lo comprendió. Lo mejor era dejar el suicidio para una ocasión menos avasallante.

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