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Despedidas en el aeropuerto

¿Qué hace la gente antes de tomar un avión?

Esta vez el café es VIP. Está en el primer piso del aeropuerto de Ezeiza, hasta donde llegué para despedir a dos de las personas que más quiero antes de su partida a España.

Voy a obviar los precios. Sólo una muestra: un pebete de jamón y queso: 22 pesos.

Pero no es lo que más duele. Lo que verdaderamente duele es la despedida. No la momentánea de quienes se van de vacaciones o por un viaje laboral. La que duele es la otra. La de los que se van para siempre. O la de quienes después de mucho tiempo vinieron a visitar a los que se quedaron y tienen que volver sin saber cuándo será la próxima, si es que la hay.

Cerca de mi mesa había muchas lágrimas. Aumentaban cuando se acercaba la hora de embarcar. Eran dos adolescentes (una que andaría por los 14 y otra por los 18), su madre y todos los que las fueron a despedir: la abuela, primos y tíos.

-No la hagan cocinar tanto a la abuela que se tiene que reservar para cuando vengamos nosotras -decía la “nena” más grande para ponerle un poco de humor a un momento difícil.

La abuela la miraba y lloraba. Es que la “nena” ya está grande y ella casi no la vio crecer.

La más chica hablaba con la prima de la misma edad y se prometían visitas cara a cara: en Internet se ven todos los días. A ellas les queda mucho por delante. Pero la abuela no sabe.

Ya es la hora. Se paran y se acercan a la puerta. Ultimos abrazos, últimos besos.

“Vaaamooos chicas”, dice la madre mientras se corre los lentes y se seca. Entrega los boletos. Las chicas se dan vuelta por última vez y tiran besos.

Coincido en la escalera mecánica que baja. La abuela dice: “es mi hija, son mis nietas… Me mata… Me mata…”.

-Abuela, estamos nosotros. Ya van a volver. –le dice otra de 14 que se queda.

La abuela llora.

Los japoneses me hicieron reir un rato. Eran unos 20. No exagero. La mesa era larguísima. Casi todos con un café delante.

A ellos también les llegó la hora de ir a ese lugar del que no se vuelve y al que sólo acceden los que se van con boleto en mano.

Pero la cola se fue afinando mucho. Y pasó uno solo. 19 quedaron de este lado despidiendo. El que se fue hizo saludos de todo tipo. Y como buenos “ponjas” se sacaron un millón de fotos.

Enseguida se vino otra despedida dura. El, pelado a propósito y carilindo; ella, morochísima, muy flaca y monísima; él, con acento porteño; ella, con acento caribeño. Besos efusivos sin que importara quién mirara. Las palabras al oído imposibles de escuchar. Dos cafés grandes casi llenos y fríos sobre la mesa. A ella todavía le quedaban unos trámites. Los hicieron juntos. Se dieron el último beso, que de no haber un avión esperando hubiera sido interminable. Ninguno de los dos se dio vuelta.

Me voy. Yo también ya despedí. En 20 días iré a buscar. Eso calma. Se extraña. Pero hay una esperanza cercana y certera de reencuentro.

Ahora sí. Me voy. Con una pregunta: ¿los mozos de Ezeiza tendrán un grupo de autoayuda después de años viendo despedidas?

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2 Responses to “Despedidas en el aeropuerto”

  1. KyR dice:

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  2. SlowPcFixing dice:

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