Un nuevo relato acerca de Groncho y sus dos hijos inútiles.
Agarró a cada uno de sus hijos por una oreja y los condujo a la cocina.
Quedaba poco más de una hora para la llegada de la visita indeseada.
El inspector se apellidaba Evans, no tendría más de treinta años y vestía un traje negro de enterrador.
- Somos muy pobres, señor Evans. Pasamos hambre con mucha frecuencia – le dijo Tobías conforme su padre y Alejandro colocaban dos bandejas llenos de viandas sobre la mesa del salón.
Groncho le dio un fuerte golpe en el carrillo derecho, y mirando al inspector, esbozó una sonrisa campechana:
- No le haga caso. Tobías es poeta, y suele recitar muchas tonterías sin sentido.
Evans no tuvo interés en probar ni medio bocado. Solicitó la copia de la última declaración de la renta.
- No la tenemos. Un día no nos quedaba papel de baño y tuve que echar mano de los legajos de “pa” para limpiarme el trasero – le explicó Alejandro ante la falta del documento.
- Vale, señores. No se preocupen. En el maletín traigo una copia extraída del registro.
Groncho no pudo disimular sus ganas de asesinar a sus dos hijos.
- Bendito sea Herodes – musitó por lo bajo.
El inspector alzó su vista del papel.
- ¿Decía?
- Nada. Continué con lo suyo, buen hombre.
La inspección duró casi dos horas. Evans recorrió toda la hacienda de los Wyngas y antes de marcharse en su auto fue abordado por Groncho con la frente sudada (llegaba corriendo después de haber encerrado bajo llave a Tobías y Alejandro en el ático).
- Señor Evans…
- Dígame.
- Esto. Pinta mal el asunto, ¿no?
- ¿Se refiere al embargo de sus propiedades?
- Más o menos.
- Veamos. Han estado ocultando ingresos adicionales, muchos de ellos de procedencia incierta.
“Qué se le va a hacer si el negocio del alambique va de maravilla.” – pensó Groncho para sus adentros.
- Le aseguro que no soy el único de ésta zona con dinerito no declarado – le dijo muy sincero.
- Por eso mismo le digo que le corresponderá satisfacer una multa de unos diez mil dólares- enfatizó Evans desde detrás del volante.
Cuando salió de las posesiones de Groncho, este se fue sintiendo algo mareado.
- Ay, qué noticia más terrible. Diez mil dólares.
Se tambaleó cerca de la pocilga del cerdo, llegando a duras penas a su casa.
Cuando se le pasó el mareo, se fue directo a la cama. Necesitaba dormir mucho.
En ese momento, ya ni si acordaba de que tenía a sus dos hijos encerrados en el ático.
Aunque daba lo mismo. Uno se dormía en cualquier lado y el otro perdía el tiempo contando insectos…