Paulo Nabor, un joven escritor veracruzano, toma el delicado trabajo de “corresponsal de guerra” en plena revolución mexicana. Cuarta parte.
Paulo presentía lo que le iba a pasar, sabia perfectamente que al igual que el general Lavalle ajusticiaba a quien consideraba una amenaza, los hacendados que simpatizaban con los alzados hacían lo mismo con soldados, espías y traidores. Paulo se resigno a su suerte.
Habían avanzado unos metros cuando escucharon una voz femenina.
- Chema, chapulín… esperen… -dijo una dama que salía apresurada de la casona principal.
Los semblantes de aquellos hombres cambiaron por completo, su mueca grotesca de hombres desalmados cambio, ahora ambos bajaban la vista, como niños traviesos que han sido descubiertos por su madre.
- ¿A donde llevan a este hombre? -pregunto molesta. Los dos hombres quedaron en silencio. Paulo estaba apenado por la manera en que se encontraba, su ropa empolvada, los ojos llorosos, la nariz moqueaba y el dolor en su pierna lo hacia cojear.
Paulo fijo la vista en aquella mujer. Era bella, delgada y con una cabellera negra, luminosa, sus modales refinados al caminar, al mover los brazos y al gesticular le dijeron a Paulo que era “la patrona”, vestía sencilla pero elegante. Definitivamente no cuadraba en aquel lugar.
Llego la mujer hasta donde se encontraban Paulo y sus custodios.
- Te hice una pregunta, ¿que piensas hacer con este hombre Chema? – pregunto de forma clara pero cortésmente.
- No, pos, esque… pos el patrón me dijo… – empezó a explicar el hombre gordo, quien ahora Paulo sabia llamaban Chema.
- Chema, deja en paz al caballero… – dijo la dama, mas a manera de orden que de petición.
- Pero Doña Sarita… -replico tímidamente el hombre. – el patrón… el patrón se va a enojar…
- Ya me encargo yo de Abelardo, ahora deja en paz a este hombre y vete a vigilar a tu puesto…
Chema y el chapulín se miraron con cierta tristeza, como si estuvieran en un dilema.
- Ta güeno, Doña Sarita… pero usted lo ve con el patrón ¿verdad? -pregunto apenado el hombre.
- Ya te dije que si, anden ya váyanse.
Paulo estaba paralizado por lo que acababa de vivir, vio como los dos hombres caminaban en sentido opuesto a su destino original, perdiéndose por el camino de terraceria. Suspiro.
- ¿usted es el periodista amigo de Baltazar, no es así? -pregunto de pronto la mujer.
Paulo regreso a la realidad, su boca estaba totalmente reseca, sentía su rostro sucio.
- Si, soy Paulo… – alcanzo a decir pastosamente.
La mujer estiro su mano para estrecharla con él.
- Yo soy Sara… Sara Pérez de Madero… – dijo ofreciéndole una calida sonrisa.
Paulo no lo sabia, pero había sido salvado por una futura primera dama de México.
Muy interesante esta cuarta parte saludos y un aplauso para ti.