Paulo Nabor, un joven escritor veracruzano, toma el delicado trabajo de “corresponsal de guerra” en plena revolución mexicana. Tercera parte.
Al día siguiente Paulo despertó de mal humor, eran alrededor de las siete de la mañana, Salvador aun dormía, así que tratando de no hacer ruido salio de la habitación rumbo a los baños público. Notaba un leve dolor de estomago.
Después de asearse se puso de nuevo la misma ropa y regreso al hotel. En la recepción lo esperaba Salvador quien estaba hecho un desastre, el pelo revuelto y se notaba que se había vestido con rapidez. A su lado un soldado explicaba algo.
- Nos habla el general – dijo a manera de saludo Salvador. El pequeño soldado miro de arriba a bajo a Paulo y sonrió burlonamente.
Los tres caminaron por las pólvoras calles por 20 minutos, pasaron de largo el cuartel y se internaron en un campo de practica, había un par de cañones en donde algunos soldados los movían de un lado a otro. También algunos soldados de mayor rango a caballo se desplazaban entre unos árboles secos, al parecer practicaban la equitación. Salvador apretaba fuertemente su preciada cámara fotográfica contra su pecho. Y Paulo se dio cuenta que no llevaba su libreta de apuntes, se sintió un idiota.
- Servido mi general… – dijo solemnemente el soldado al llegar frente al superior.
- Andele mi cabo, muy bien… -respondió sin mirar el saludo que el soldado le hacia. El general se encontraba en una especie de cabaña rustica, fabricada casi en su totalidad con grandes troncos, por dentro apenas sin tenia algunos muebles, una larga mesa, varias sillas y una especie de baúl era todo el mobiliario.
Aun pensando que no llevaba su libreta Paulo entro con temor a la cabaña.
- Bueno “muchachos” – Y al decir muchachos el general sonrió burlonamente, muy parecida a la del cabo – ya es tiempo de que le manden notas a Don Manuel, por eso hay les tengo un regalito…
El general salio del cuartucho con pasos firmes, por un momento Paulo y Salvador se quedaron pretificados.
- Vengan pues… – Dijo molesto desde afuera el general.
Detrás de él Paulo seguía pensando en la estupidez de no traer su cuaderno, y aparte el dolor de estomago era cada vez mas fuerte.
Cruzaron el campo de práctica hasta llegar a los árboles en donde los jinetes momentos antes realizaban sus maniobras.
- Ora pues, que chingaos esperan… – hablo el general, en un tono de exasperación total.
Paulo y Salvador no supieron de que se trataba todo aquello, subieron la vista para toparse con la del general, cuando lo hicieron notaron que este miraba hacia arriba, y sonreía.
Lo que Paulo vio nunca lo pudo olvidar.
En varias ramas de aquellos árboles, cuales muñecos o espantapájaros había varios hombres ahorcados. Por la facha Paulo noto que eran indígenas, calzón de manta, guarache y camisa de botones, algunos llevaban un morralito. Había jóvenes casi unos niños de 13 o 14 años y viejos morenos y canosos. La nuca la tenían separada totalmente de la columna vertebral y Paulo notaba que muchos sacaban la lengua hasta el pecho. Incluso algunos tenían los ojos abiertos y tetricamente parecía que los miraba. Era un espectáculo aterrador, las muecas mortales se grabaron en la mente de Paulo, mirar como se mecían lentamente de un lado al otro fue algo que no soporto.
Paulo no pudo mas, en un acto reflejo vomito, y no solo una sino varias veces, al principio un bolo oscuro y mal oliente, después solo algo parecido a agua.
Después de eso perdió el conocimiento.
Muy interesante tu relato me gusto mucho como llevas el hilo conductor manteniendonos interesados desde la primera parte hasta esta tercera parte. Saludos y aplausos para ti.