Paulo Nabor, un joven escritor veracruzano, toma el delicado trabajo de “corresponsal de guerra” en plena revolución mexicana. Tercera parte.
Ante el general Lavalle Paulo fue presentado como un reconocido periodista por parte de Salvador.
Mientras Salvador hablaba el general miraba a través de un sucio y amarillento cristal los ejercicios militares que un grupo de soldados hacían en el patio, con las manos entrelazadas en la espalda.
De pronto el general volteo a verlos, Paulo sintió un nudo en la garganta y pensó que el militar los echaría a patadas de aquel lugar, seguro que ya se dio cuenta de que somos un fraude, pensó.
- Y ¿es una guerra? ¿verdad? -pregunto Paulo que en todo el rato había permanecido en silencio, noto que su voz había salido pastosa, tal vez por el polvo, tal vez por imitar el tono de voz del general.
- Claro, una guerra – contesto el general mirándolo fijamente, Paulo se intimido – para ser periodista hace unas preguntas muy extrañas…
- Disculpe general – dijo Paulo – No me tome usted tan en serio.
20 minutos después la entrevista termino. Don Manuel había mandado una bolsa de cuero con diversos objetos al general, tabaco, una pipa y algunos documentos, Salvador se los entrego. El general les indico en donde se podían hospedar y les aseguro que estaba ya “todo arreglado”, leyó una de las cartas que le dirigió Don Manuel y finalmente los despidió.
- Eres muy pendejo – dijo de pronto Salvador a Paulo, ya en plena calle, esto tomo por sorpresa a Paulo quien no supo como reaccionar, era la primera vez que su compañero lo insultaba.
- No debes de cuestionar nunca a los federales, menos minimizar su trabajo, para ellos los “alzados” son como los franceses o los gringos, para Don Profirió los levantamientos deben de ser aplastados, y cualquier militar toma eso con mucha seriedad…
Caminaron en silencio hasta llegar a un hotelucho en las calles principales de Ciudad Porfirio Diaz. Se registraron dando santo y seña del general Lavalle, y Paulo se dio cuenta que en aquella región el general era casi un Dios, solo mencionar su apellido generaba preocupación en los habitantes.
Ya en la sucia habitación, notaron que no había agua, las camas “gemelas” eran mas duras que el cemento, y el calor era sofocante, aun así durmieron como bebes, desde las tres de la tarde de ese día, hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando una empleada gorda y tuerta llego para despertarlos y hacer “el quehacer”.
Muy interesante tu relato me gusto mucho como llevas el hilo conductor manteniendonos interesados desde la primera parte hasta esta tercera parte. Saludos y aplausos para ti.