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Caballero de oficina

Con dos cojones, un caballero de oficina, pura cepa, se enfrenta a sus más temibles enemigos para salvaguardar las vidas de sus inocentes compañeros.

Ahora mismo estoy en la oficina. La verdad es que hoy no tengo mucho trabajo. Archivar y más archivar. Miro el diario y apenas me faltan tres semanas. Tres semanas más de vacío, tres semanas perdiendo nueve horas en la oficina a cambio de nada. Es lo que tienen las prácticas. Vienes aquí, hacer el paripé de que te enseñan (aunque no se esfuerzan demasiado que digamos) y después te vas con un título a casita bajo el brazo.

Si al menos cobrara por estar aquí nueve horas calentando la silla, me sentiría más útil. Pero ya estoy cansado de dar vueltas por la oficina y que la gente trate de librarse de mí. “Toma, archiva esto”, te dicen. Pues qué bien. Vamos a aprender cómo se archiva.

Pero eh, ¡también he aprendido cómo introducir datos en Excel! Cuando descubrí semejante prodigio, no podía sino maravillarme ante la demostración de tecnología punta que florecía ante mis ojos. – Increíble – pensaba. – Están llevando toda la documentación de la empresa…. con Excel. ¿SQL? ¿Bases de datos? Nah…- Pero bueno, aquí estoy, haciéndome el tonto. De vez en cuando me meto el dedo en la nariz, no vaya a ser que deje de parecer tonto por un instante, y empiece a molestar.

Por si me ponía demasiado incisivo, me han dado un portátil, ¡Incluso con un ratón óptico y todo! Pero que el internec no se puede usar eh, ¡ah sí! ¡Y el emilio con el autluk, que es lo que manda la empresa! Y por si fuera poco, las transacciones de banca online sobre Internet Explorer (Obviemos el uso de Windows).

El día que alguien que entienda un poquito sobre seguridad les hable del riesgo que están corriendo, van a templar hasta los cimientos.

Pero bueno, al final, aquí estoy, entre archivo y archivo miro algo en Inet, o escribo para mi fantástico y aclamado blog. Ahora todos me quieren más, porque no voy a preguntarles cosas ni les doy la tabarra. Lo único que he notado es que miran hacia mi pantalla. Saben que entre mis pantallazos de Excel, de Doc’s y de otras historias se encuentran un navegador y el texto de algo que poco tiene que ver con la tarea que desempeño que es…..

…es… en realidad no sé muy bien qué hago. Se podría decir que principalmente archivo. Archivo e introduzco datos. En ocasiones alguno de mis compañeros me sorprende con la emocionante tarea de lidiar con algún cliente, o con algún individuo “del otro lado del charco” que le llaman. Es decir, el departamento técnico. Normalmente resulta tan fascinante como breve. Así que la diversión de hablar con alguien fuera de mi entorno de caras largas y de aburrimiento se acaba pronto.

Hay veces que me aburro tanto tanto, que voy cuatro o cinco veces al baño. No tengo ganas de hacer nada, simplemente voy al baño, me lavo la cara, voy al inodoro, que dirían los políticamente correctos, y allí, justo en ese preciso instante, me entran ganas de miccionar. Y micciono, por dios, micciono.

No vaya a ser el demonio que miccione en medio de la oficina, y tenga que dar explicaciones.

Aunque ahora que lo pienso, no sería difícil. Los archivos del terror, sería la excusa. Todo el mundo te da para archivar como si ese montón de papeles tuviera maldad intrínseca, como si fueran una amenaza para la integridad física, mental y espiritual del poseedor de dichos papeles.

A veces me fijo en que, cuando están sentados, le echan una mirada de reojo a la pirámide de papeles que se amontona en su mesa, y de su frente empiezan a brotar gotas de sudor frío. Gotas de terror, de pánico, no de miedo. Y es lógico, cualquiera que se adentra en el archivo, cualquiera que osa abrir las puertas que conforman sus armarios, se introduce en un mundo oscuro y tenebroso. Una práxis terrorífica de números y letas, en la que nada tiene sentido. Caes indefinidamente hacia un infinito negro de números, fechas y razones sociales. Y te empiezas a preguntar dónde está el mundo real, y qué sentido tiene todo. ¿Donde está el venticuatro del nueve? ¿Donde está el venticuatro del nueve? ¡Debería estar en Septiembre! ¡Por dios! ¡Debería estar en septiembre! ¡Nooooooo!

Por eso ahora sé, ahora me doy cuenta, mientras escribo estas líneas, que no soy un estorbo. Que no es que les importen un bledo mis prácticas y la madre que me parío. Me consideran un valiente. Sí, un valiente, un bravo caballero.

Por soy el único, el único, que cuando esas dos puertas se abren, y aquellos amenazantes ficheros afilan su mirada para escudriñar en tu mente la sombra del miedo, le echa dos huevos, y dice – Me cago en la puta, allá vamos-.

La mayoría, torpes e inexpertos, se apresuran a introducir las hojas, con gran celeridad, como si quemaran, como si el mero hecho de tenerlos en las manos les oscureciera el alma.

Así es, que es imposible encontrar nada.

Hace un par de días me encomendaron la difícil tarea de encontrar, nada mas y nada menos, 7 justificantes de pago… ¡Del año 2007!

Para el plebeyo lector resultará irrelevante este dato, pero el tenebroso castillo donde habitan estos archivos se encuentra fuera de los dominios de la oficina, custodiado por un temible aspirador, que junto con varias cajas de unos antigüos portátiles Toshiba, y el carrito de la señora de la limpieza, ejercen su terrible presencia, ahuyentando a todos los forasteros que no dispongan de un par de cojones españoles.

Pero yo, íbero de pura cepa, caballero con más huevos que un soldado de tercio en Flandres, me adentré en aquellos reinos alejados del proteccionismo norteamericano, para recuperar aquellos que nos pertenece.

He de confesar que no me resultó nada fácil. Fué una batalla dura, llena de contratiempos y dificultades, pero allí estaban aquellos justificantes, gritándome ¡¡Socorro!! desde las altas torres donde los habían encerrado.

Y volví triunfante, cubierto de gloria. La multitud de aclamaba mientras caminaba victorioso hacia el altar de la victoria, y posé allí, con gran ceremonia, los justificantes de pago. Uno del banco pastor, uno de Banca, dos del Banco de Galicia, y el resto de Caixa Nova.

En fin, creo que es hora de irse a casa.

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