Parte de la “Trilogía etílica”, sobre la adicción al alcohol. Una manera de analizar la vida crítica y desinhibidamente.
Se apagaron de pronto las ventanas. Como era su costumbre, seductora, sorprendiendo llego ella. Sombría e inmutable, la noche apareció de pronto. Oscureciendo los vidrios sucios que separaban al Flaco del mundo.
Sus pies lo llevaron a la heladera en busca de su décima cerveza. Buko miró inmóvil, echado, apenas con leves movimientos de su hocico, siguiendo con los ojos el repetido y zigzaguean te ritual de su amo.
Quizás, quien lo viera, diría que estaba borracho. No le preocupó, o quería que no le importara. Además, nadie lo vería, solo Buko y no era humano. El entendía los actos de su fiel amigo desde un sentir sencillo, crudo, y eso los unía sin prejuicios, iba hilando sus vidas con un grueso sisal de instinto animal.
El Flaco luchaba tenaz en busca de una idea, en busca de una letra, un garabato que justificara un segundo de ese obligado momento que vivía.
Deshizo el viaje de retorno hasta su tugurio, su antro, su espacio fiel, suyo, comprensivo, casi una amante perfecta.
Miro la botella, bambolearse en su mano y pensó en el Réquiem de Amadeus. En un segundo los coros flotaron como duendes vestidos de muerte, de muerte medieval, de muerte negra suspendida y acechante. Un sudor frío lo recorrió de pronto. El regreso se hizo eterno. Tuvo miedo. Apuró el paso para llegar a su lugar, a su refugio de náufrago, a su isla libre, a su mundo, protegido por fantasmas propios.
Tres pasos más y travesó la puerta, se desplomo en su silla, se hundió en su oasis de papeles, fotos y sueños.
Destapo la ansiada décima cerveza. El líquido salió cual genio de una lámpara.
Su lugar no hablaba, no reclamaba, solo recibía del Flaco lo que tenía para dar, que era mucho, era todo lo que era, era también lo que sería.
Llenó el vaso. Dicen que no se bebe alcohol con sed, tenía mucha, el Flaco bebió con ganas.
A esta altura de la vida hacía algunas cosas con más ganas. Por lo menos, esas que le lo llenaban. Esas sencillas cosas suyas, esos pecados de ateo, esas costumbres de bolche muy a pesar de muchos. Gozaba con sus pequeños crímenes cotidianos, más allá de lo que dijeran, o lo que quedara bien.
Los años lo había tallado un poco contra, desconfiado de la gracia ajena e incrédulo de la superstición popular.
En la calle pasaba por debajo de las escaleras, le jugaba al trece en la quiniela. Increíblemente odiaba los gatos y solo le gustaban los gatos negros. No le ponía monedas al plato de ñoquis los 29, le parecía estúpido caminar por la rambla. Eso sí el mate no lo dejaba.
También había incorporado la cerveza como licor de compañía y no era esquivo a otras estimulantes compañías.
La sed le había vaciado el vaso y la ansiedad se lo hacia llenar el muy rápido. Como de costumbre la espuma corrió por el viejo escritorio de roble de su padre, el viejo Luis, “El abuelo Lis” para sus hijos. Viejo sabio y caprichoso, entregador de su vida a la causa más noble, el mundo de los libres, el mundo de los hombres.
Bebió frente a la máquina encendida, desafiante, burlona compañera de horas, de días, de vida.
Bebió y caprichoso siguió pensando una idea, siguió intentando llenar hojas con algo para decir. El Flaco pensaba que tenía mucho para decir, pero la forma más simple, más profunda se trancaba en sus dedos, su garganta, su única cabeza maltratada.
Todo le parecía estúpido, innecesario. Cavilo unos segundos. Dejo seco el vaso y esa noche abandonó su frustrado deseo de escribir algo interesante.