Aprecio tu persona.
Me gustaría diseccionar a un muerto, uno de tantos que te cruzas por la calle un día de lluvia. Muertos que caminan, que expulsan dióxido de carbono al quedarse helados y se protegen bajo un paraguas y una máscara semipermeable. Muertos que pretenden no ser conocidos, monstruos ignorados por esa casualidad maldita, vampiros malparidos que se beben nuestra sangre, zombis del sábado noche y, por supuesto, muertos cerebrales, la eterna condena. Quisiera coleccionar cadáveres, descuartizar un pensamiento o llenar mi estantería de principios e ideales embotellados en formol, perfectamente etiquetados. La ornitología no me llena. Mi hobby es destripar personas.
La casualidad me agota. Me cansa ser testigo de este impertinente destino, estar anclado a la condena de esperar o de soñar la vida de un desconocido. Se llamaba Eva. Estaba desnuda en la cama de su esposo, pensando en su hijo no nacido mientras él la penetraba, con insistencia, dureza y alevosía, jadeante. Una gota de sudor caída del abismo de su cuerpo devolvió la tristeza de su sentimiento al real reino de la vida. Fingió un orgasmo para que parara cuando se dio cuenta de que había empezado a llorar. Él no preguntó nada. Se dio la vuelta entre las sábanas frías y se durmió. Ahora Eva se toma un café con leche, con dos azucarillos. Está empezando a engordar y eso le abruma. Pero ya no se preocupa por su cuerpo. Se maldice a sí misma por no haberse conocido.
Kundera tiene un compromiso consigo mismo, porque no le debe nada a nadie: necesita (y por eso está comprometido) coleccionar cadáveres. Los no muertos pasean frente a su atenta mirada para poder matarlos… Él siempre quiso ser médico. Ahora “sólo” es un inventor de cuentos.
Aprecio tu persona (permíteme que obvie el trato irreverente de la palabra usted. He sido criado en el mundo de la cortesía y el detenimiento, pero creo haber aprendido de la indiscreción (y también del tiempo) que la verdadera incorrección es la del trato preferente; me considero tan tú como tú y prefiero no ser concebido como usted, por lo que espero poder llegar al entendimiento en una igualdad, a mi entender, irrelevante. Sólo quería ser “incidioso”). Somos iguales, ¿sabes? Tanto los unos como los otros somos fruto de esa casualidad cansada. Los unos tenemos nexo en común; los otros, aunque también lo tienen, no son conscientes de su existencia. Pero ¿lo somos nosotros dos? Hubiera preferido, la verdad, ser fruto de una tarde lluviosa (adoro la lluvia), antes que ser el resultado de una común importancia para con esa persona (Ana).
Y sin embargo, la noche fría no tiene más misterio que el silencio. Jamás encontrarás el tiempo que has perdido preguntando por la vida, porque, aunque creas haber hallado mil respuestas, no puedes más que con ellas recordarte. No hay manera porque ya estás muerto.
Pero a la vez la vida.
La locura tiene sus ventajas y sin embargo,
no deja de ser un loco quien la escribe.
La insoportable levedad del ser
cadáver.
Porque no es más que el fiel reflejo
de lo que acontece,
de la muerte de lo que hoy está tan vivo.
Encantado de haberte conocido (o de saber lo que habría sido).