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Amores que matan

Sentimientos extraños y preciosos. Olvido, recuerdo, amor y dolor… ¡qué bello y cruel poder sentir!

Y él… en un hermoso tapado azul, precioso, radiante, sencillo… no reparó en el tiempo y me envolvió en el más tibio de los abrazos, esos que te dan el resguardo preciso para olvidarte del mundo que habita a tu lado.

Nos quedamos ciegos de tanto observarnos, detalladamente, para darnos cuenta de que el tiempo, enemigo de todas las cosas, no había transcurrido. Éramos los mismos de aquel marzo de camisas blancas y esfumadas sonrisas. Y allí estábamos, abrumados por la expectativa de la primera palabra que ninguno se atrevió a dar. Solo podíamos abrazarnos y sentir la plenitud de nuestros sentimientos mutuos. Solo podíamos prolongar el contacto para no dejar escapar ese calor que tan descubiertos nos dejó por ese lapso aniquilador de tres insoportables inviernos…

Permanecimos allí, sin siquiera titubear, por poco más de media hora, respirando hondo, sonriendo, sofocándonos en un sin fin de agolpadas ideas que no tenían traducción más que en el lenguaje corporal. La muchedumbre se había esfumado instantáneamente. El ruido se apagó y el frío pasó a ser otra cosa, pero no sé bien qué.

- Temí retornar a este parque desde aquella tarde en que te fuiste, pero no creí encontrarte hoy- Atiné a balbucear, como si mi mente tomara vida propia, separada de mis labios. Sospechando que mi voz carecía de sonido.

- Pero yo nunca me fui – eso fue lo único que oí de su boca, como si él no supiera que anhelaba recordar el timbre de su voz. Pero me fue suficiente, más que preciso.

- Eliges tus palabras perfectamente, han sido las más justas. Te extrañé – y solo me atreví a suspirar.

Fueron minutos, horas, años, no lo sé… pero fue hermoso. Y sin embargo volvimos a despedirnos, para no saber cuando volver a encontrarnos. Y aunque la conversación fue breve, augurios de un retorno, de un reencuentro, hicieron nido en mi alma.

Acabo de llegar a casa, luego de largas y solitarias caminatas bajo la luz de la luna, en las que no he podido reaccionar ni comprender. Volví, aún sin la conciencia absoluta de lo sucedido y con la firme pretensión de no sujetar los acontecimientos a demasiado análisis… pero una vez más la realidad nos atosiga y nos dispara sin piedad.

Un mensaje de voz en el contestador de mi teléfono… era mi mamá. Y mi desasosiego no encontraba forma de salir del dolor. Me absorbí en lágrimas, me derramé en miedos, me paralicé, me desgarré, como si el tiempo ahora si se hiciera sentir, burlándose de mi desesperada inconsistencia.

Que difícil es ser y amar. Que doloroso es reaccionar. Que espinosa es la subsistencia. Como me duele sentir. Como me mata vivir… como me duele el alma, el cuerpo, la existencia hoy! No puedo ponerme de pie, no puedo respirar, no puedo…

Él se murió, si, se murió… de no sé que larga y penosa enfermedad de la que nunca tuve conocimiento, la que lo separó de mí para ahora quitármelo, sumiéndome en el más horrible de los desconsuelos. Él se fue, sabiéndome suya aún, y dejándome sola una vez más.

Ahora lo comprendo… no fue un encuentro impensado, no fue sin planear, no fue repentino… lo premeditó, me buscó, y vino a despedirse, a pedirme permiso para irse, para abandonarme, para alejarse… y me llenó el alma, para vaciármela al instante, llevándose con él lo mejor de mí… dejándome vacía, expatriada, expropiada, desolada, adolorida.

Hoy sé a ciencia cierta que mi amor fue inmenso, fue infinito, fue extraordinario. Hoy sé que duele horrores saber que no está, en el completo y literal sentido de la palabra. Hoy su definitiva ausencia me corroe el aliento y me sustrae el sentido. Hoy me morí un poquito…

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3 Responses to “Amores que matan”

  1. Metzengerstein dice:

    muy bueno tu cuento en verdad muy emotivo tines talento escribe algo sobre otros temas Dios, terror he fantasia, en fin saludos sigue adelante.

  2. mlf dice:

    Bello. Muy interesante y emotivo. Me puso la piel de gallina!!!!!!!!!!! Besos

  3. Anabell dice:

    Hermosisimo relato

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