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Amelia y el diligente Sr. Ferrer

Una muchacha muy abnegada y servicial que atesora en lo más íntimo el deseo de convertirse.

Era muy tarde aquella noche y las luces de la mansión del Sr. Ferrer todavía estaban encendidas. Después de un día de  muchas complicaciones, le esperaba una noche difícil, interminable. Estaba furioso, terriblemente alterado la ira que sentía en ese momento lo  carcomía. Caminaba con prisa  de un lado a otro por la gran sala, tratando de calmarse, pero era inútil.

Al día siguiente, a primera hora, necesitaba entregar un importante trabajo periodístico, para el diario de la ciudad, en el que escribía desde hace tiempo. Pero aquella fatídica noche, el agotamiento de tantas horas de trabajo había afectado su prodigiosa imaginación.

El Sr. Ferrer, nacido en el seno de una familia respetada y adinerada del lugar, culto, exquisito, amante del buen gusto y la perfección, no podía permitirse publicar algo que no fuera considerado excelente  por él mismo.

Amelia, la criada, era la única persona con quien compartía la mansión, ella fue parte de la herencia que recibió de su familia. Josefa había sido su madre, una mujer abnegada  que sirvió dócilmente a los Ferrer toda su vida. La muchacha, siempre vivió en la mansión, allí tuvo el porvenir asegurado a cambio de servir a la familia.                                        

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