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Al cruzar el Río Cuango

Luego de la independencia de Angola, un trabajador cubano y un niño van en busca de provisiones a la selva.

Ninguno de los dos entendió de entrada, el gesto del hombre que estiraba su mano, ofreciendo el machete sin tener intenciones de ser él, el indicado para usarlo.

Sin soltar sus armas, tomando los machetes ambos se miraron. Que situación ridícula, los dos como caballeros medievales, los cuellos de las camisas levantadas frente a los hombres casi desnudos, sabios de la selva, su lugar sagrado.

El Flaco y Melián con machete en mano y armas colgando avanzaban despacio detrás del niño negro caminado descalzo, hundiendo sus pies hasta el tobillo en el barro.

Que haría el niño alto con la varita en forma de horqueta se preguntaba el Flaco, mientras extraía la yuca del barro, cortando su tallo. Los hombres en el camino iban llenando las bolsas y cargándolas en la caja del camión.

Cargaron diez bolsas, quedaron exhaustos. Volvieron al poblado tras desatascar el camión empantanado. Allí cargaron *plátanos, *abacaxí, paltas y mangos.

Tras despedidas cordiales y promesas de vueltas salieron del poblado en las puertas de la noche. En esa hora en que los mosquitos despliegan su feroz ataque, atravesaron el sendero sin reparar en las imperfecciones del terreno, exigiendo al máximo el duro camión ruso, peligrosa tarea considerando la zona.

Deshicieron los kilómetros y ya entrada la noche llegaron de vuelta al campamento de río Cuango, donde se alimentaron y descansaron poco rato.

Durante el camino Melián explico al Flaco que su mayor defensa había sido aquel negrito alto, con su varita en forma de horqueta. Lo habían puesto allí para cuidar a los extraños amigos blancos. El blanco era débil con sus armas en ese mundo natural muy similar al primer día de creado. El niño negro estaba allí para atrapar la pequeñas *”víboras tres pasos” mortales enemigas del hombre, asesinos hilos verdes que salen y atacan en todos lados.

Desecharon la invitación a pasar la noche en el campamento del río Cuango. Y a la media noche emprendieron el regreso a Luanda, con la tarea cumplida, el camión cargado, sus vidas a salvo y una historia más de vida africana para contar a las gentes del asfalto.

Llegaron, descargaron, se bañaron y durmieron casi hasta el día siguiente. Al final la aventura había sido solo eso una aventura sin aparente riesgo. Eso pensó el Flaco hasta que en leyó en el periódico de la capital el dramático titular:

“En la madrugada fue atacado el campamento del río Cuango; 12 muertos, cuatro ingenieros rusos y tres cubanos se encuentran perdidos en la selva. El ataque fue resistido por los efectivos de defensa. El puente fue parcialmente destruido por piezas de la artillería insurgente”.

BUKO

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2 Responses to “Al cruzar el Río Cuango”

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