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3 A.M. versus Alcohol

Parte de la “Trilogía etílica”, sobre la adicción al alcohol. Una manera de analizar la vida crítica y desinhibidamente.

Eran 3 de la mañana, en Montevideo. El Flaco, frente al escritorio de roble, apuró el vaso de cerveza como una obligación. De chico le había oído que el plato de comida debía quedar vacío, contra aquello “burgués” de que “algo hay que dejar” en él.

Dos escuelas, dos mundos, dos filosofías de pararse ante vida.

La cosa con la botella era diferente, para él no podía quedar llena y ella aun se erguía amenazante. Con sensuales gotitas resbalando por su cuerpo invitando al placer oral. El flaco quiso apagar todo, televisor, computadora y a la botella de cerveza ignorarla.

Estaba solo, respiro profundo y se dio cuenta que nadie acudiría. Pasara lo que pasara, nadie vendría en su ayuda. Como de costumbre la muerte acurrucada mostró sus dientes. Metros mas allá su padre dejo de respirar pidiendo ayuda, en un agónico final, ruidosamente silencioso, casi una escena de Tarantino, escena roja, perversamente cruel.

Por un momento se sugirió mentirse, huir, esconderse de si mismo. Ocultar su bucoskiaao discurso y no beber lo que quedaba. Abandonar la noche y el alcohol, no para siempre, solo esa noche darle un respiro a su cansada cabeza. Debía juntar coraje, mucho coraje. Su raciocinio le indicaba que era peligroso seguir. Cual serial americana, recordó que peligro muchas veces había sido su segundo nombre. Hizo una pausa secando el vaso de un sorbo. Su endiablada muñeca lo lleno sin pausa. En la tele encendida una publicitaria mujer mostraba su culo cual perejil de feria.

El flaco pensó en el sexo, sexo con quien? Con la tele, con el pasado, con el presente, con la culpa o el amor.

Las teclas oprimidas, ocultaban el deseo, escondían la gracia y la pasión, mágico y volador universo de días dudosos.

Siguió bebiendo. Pensó que estaba, talvez hurgando en el lugar equivocado. Se acomodo en la silla con los ojos fijos en un imaginario horizonte. Siguió presionando a su muerte para que le diera una razón, un porqué. Buscó que le hablara de su momento y su después.

Se dejo dominar por la botella. Entrecerró los ojos y dejo que el frió néctar dirigiera sus dubitativos dedos. Dedos que hoy no sabían como llenar el blanco y crudo papel virtual. Dedos mercenarios de su única cabeza, dedos esclavos, serviles de sus prejuicios, dedos muchas veces verdugos de sus sentimientos y muchos otros delatores de sus secretos, de su mundo más íntimo, sus pecados y sus deseos ocultos.

Botella lo miraba, desafiante, seductora, triunfalmente soberbia.

La habitación perdió de pronto el tono azulado que la invadía. El Flaco había apagado el televisor.

Una noche más viendo las paredes acercarse para aplastarlo. Otra vez atrapado en los rincones de su mente.

No pudo disimular la sonrisa, tenía que reconocer que disfrutaba con esa guerra no declarada. Masoquista. Guerra entre risa y lágrima. Tironeo cotidiano de sol y sombra. La noche siguió su curso. El Flaco reconoció que esa guerra lo hacía hablar con su interior y eso era necesario, era bueno, no muy sano pero bueno.

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