La magia que envuelve al número 28: el lapso de gestación de los conejos, la menstruación, el sexo no convencional, la pasión, el aburrimiento, la muerte, el onirismo y la poesía…
Las vísceras, sus vísceras, descansaban sanguinolentas en el suelo. ¡Qué desorden! Regadas en el patio, con hebras de hierba y gravilla pegadas en su superficie viscosa, esperando a que las moscas y los gusanos hicieran su trabajo, a falta de perros y gatos. Menudo corte para rajarle el cuello le procuró el cuchillo, no percibía dolor y aún así se zangoloteaba, seguramente hubiese sido un dolor terrible, electrizante y agudo si en lugar de degollarle por completo, la artrítica mano de su abuela hubiera retrocedido para intentar salvarle. Se desangró sin tiempo de agonía, riachuelos escarlatas escurrían por su cabecita y sus córneas se guarecían tras un manto monocromáticamente carmesí. Después del rojo vivo, vino el pruno quien a sus talones cargaba el negro, su devorador. No veía, a pesar de ello, escuchaba el movimiento inequívoco de una mano arrancándole el abrigo de pelusa hasta las patas, sus músculos, desenvainados, sin duda exprimían bermellón.
“Ha olido mucho a gas y por eso es que los llamé… qué pena”.
Ahí, el detonador del regreso, esa voz, una molestia frugal. Una lengua, arma más tirana que las palmas desolladoras, fue la que le despojó de los otros abrigos y la expuso a la frialdad de los azulejos. Su cuerpo entero era un trapo, flácido y sin movimiento. Mientras, la negrura se prolongaba en su mirada.
“Esto es un embrollo, su familia está lejos, no me imagino la sarta de arreglos que se hacen en estos casos, ¡qué paquete, qué barbaridad!”
Que la frivolidad te coma a ti. Que me den a las moscas y a los gusanos, a falta de perros y gatos. – no lo dijo, no se oyó, pero supo que hacía eco en ella-. En tanto, la luna, con su panza redonda y blancuzca, resollaba el mundo de la coneja; y poco a poco, los sonidos se iban, el tacto también se evaporaba, sumergiéndola en rico letargo junto con la última visión del tono de aquellos ojos, ¿grises, negros, azules, rojos, morados o tal vez avellanados?, aquéllos que en ese momento, con certeza, se embriagaban en su propio onirismo, aquéllos del hombre de la oreja rota.
Jejeje creiste que no te encontraria, muy bueno ya sabes, pero tal vez hubiera sido buena idea separarlo en partes pero aun asi te dejo un comentario y un aplauso :p
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