Nueva vereda final.
En cada vida hay un sendero diferente que se entrelaza y a veces se estremezcla con algún o algunos caminos de personas afines… o extrañas.
¡Qué raro parece todo ello pero no es otra cosa que la vida!
El matrimonio es una de esas mezclas de dos caminos que se hacen casi uno.
¿Cual es el sendero final? No hablo del punto final del camino, sino del último sendero por el que hallaremos el final, por el que tenemos que ir caminado sin podernos detener hasta llegar a la meta, camino cuesta arriba por los achaques propios de esta gastada etapa llena de sobresaltos y de alegrías sin limites, de horas de descanso y meditación, de lecturas y de TV de café vespertino o de una copa en el lugar ya trillado.
Caminar sin ton ni son, es la peor desazón, es ir como beodos con inercia, con vuelo lanzados a la nada, al precipicio de los necios que como adormilados van sin mas, como zombies que tropiezan y se levantan y por un tiempo andan a gatas tentaleado los obstáculos, no razonan, y si razonan nada les importa ya, perdieron la brújula, el animo por vivir, ya los agarro la bruja para regalarles su pesimismo y desaliento, perdieron la esperanza y solo se lanzan a andorrear, ahí van, los vemos en las calles con harapos de ropaje, con erizada cabellera, mugrienta mal oliente y piojosa, pero ahí van, no dejan de caminar.
Personas que ni con sacudidas de cráneo despiertan a la realidad. Golpes y mas golpes, caídas y mas caídas, chipotes con o sin sangre, tumbados por un tiempo, en la cárcel, en un reformatorio, en un hospital por otro lapso de tiempo, niños de cien años que por mas consejos que se les den, no los captan por eso no los reciben… Los carcome su débil entendimiento que en embrollo enloquecido con el presente tan negro presagia un mal final.
Una chica de bien vestir con un poco de herencia, con modales, educada, de curvas nada despreciables, se enamoro de uno de esos que para todo el mundo no valen nada. Ese “suertudo” se había lanzado a la nada, al olvido y al desprecio, porque tenia SIDA… para el no le quedaba nada sino morir sin ser notado.
La niña de veinte abriles le brindo su amor incondicionalmente, lo visitaba a diario, lo ayudaba a vestir, le llevaba de comer, lo bañaba, lo besaba y lo amaba a mas no poder: cuadros desgarradores para el transeúnte casual de ver aquellas escenas de un casi esqueleto sin pelo, sin luz en sus ojos y sin atractivo alguno, abrazado por aquella enamorada de finos vestidos de dulcísimo rostro y de cuerpo encantador, entregándose al plebeyo con todo su ardor. ¡Que cuadro aquel que ni la imaginación lo pinta, que a la inteligencia le repugna! Ahora si que de veras, el amor, no cabe duda, es ciego.
¿Cuál es mi senda final? Podemos pintarnos muchas, pero mejor demos cada día un paso firme sin ver hacia atrás ni hacia delante, el “el camino se hace al andar”.
Barbaro, me gusto!