Humor de fútbol regional.
Carlos Cascarra recorrió la banda lateral del terreno de juego, dejando en el olvido el banquillo de cubierta de paja seca, y formando un megáfono con las manos, les dio las últimas instrucciones a sus chicos:
- ¡Venga, Vicente! Echa el balón a la olla, que aún queda tiempo de marcar el gol del honor.
Pero Vicente Meollo entendió las órdenes al revés, y de un patadón y tentetieso, lo envió fuera de las dimensiones del terreno de juego, aterrizando el esférico en el corral de las gallinas ponederas del tío Maguncio. El aterrizaje escandalizó a las tranquilotas gallinas, quitándoseles las ganas de poner huevos en mes y medio. El propietario de las mismas, que estaba quitándose una mota de polvo del ojo con la ayuda de una bayeta que le tendió la moza de la limpieza de la casa, se agarró tal berrinche, que cogió el garrote con el que espantaba a los críos del pueblo que entraban a hurtadillas dentro de la granja para agenciarse alguna que otra docena de huevos, y empleando zancadas poderosas e incansables, alcanzó las inmediaciones del campo de fútbol, saltó por encima de la valla de separación del público con el terreno de juego, y con ostensible mala leche, persiguió a todos los jugadores, sin interesarse antes por el autor del balonazo que había paralizado la actividad productiva de sus aves.
- ¡Yo no he sido! ¡Yo no he sido! – afirmaba el árbitro Antón Mochuelo, pitando la suspensión del partido, tratando de ganar el camino libre a los vestuarios, que era un destartalado barracón militar de la época del Alzamiento, ahora en desuso y en franco abandono castrense.
- Me da igual quién ha sido. “Usté” pagará por todos. ¡Toma y toma!
Y el tío MAGUNCIO le arreó de lo lindo al colegiado en las posaderas y la espalda, o zona lumbar, acompañándolo hasta el área de los barreños, que era el lugar donde todo el mundo se aseaba después de la conclusión de cada encuentro de fútbol. Afortunadamente, los integrantes “amateurs” de las dos plantillas se pusieron de acuerdo en un santiamén, y armándose del consabido valor y coraje que dicho acto defensivo suponía, rodearon al tío Maguncio en una esquina, apartando al trencilla del alcance demoledor de su garrote crece chichones.