Al principio de mi adolescencia comencé a trabajar en una oficina de donde surgieron muchas anécdotas y esta es una de ellas.
Muchas veces dudo en escribir algunas historias porque pienso que no me van a creer. Afortunadamente recuerdo fechas y muchos nombres de personas que pueden oficiar de testigos, así que solo contaré las que puedan ser respaldadas por otros y que en definitiva son las más creíbles, pero solamente daré los nombres de pila o sobrenombres ficticios. Esta primer historia se despertó de mis recuerdos mientras estaba mirando por quinta vez un documental histórico que seguramente usted lo conoce; se llama “La República perdida” y trata de los hechos políticos ocurridos en los últimos cien años de historia argentina. Mientras lo digería, confirmando que a algunas instituciones hay que disolverlas en una solución de quetamina, comencé a pensar qué estaba haciendo yo en esa época. Este relato trata de cuando tenía entre catorce y dieciséis años, en la década del setenta.
A esa edad comencé a trabajar como correo en una dependencia de Gobierno, y todos nos imaginamos lo que puede pasar cuando encerramos a un chico en un espacio reducido con otras personas. Una de mis primeras actividades fue repartir oficina por oficina la “orden del día”, mientras trabajaba en la ayudantía de Secretaría General. En una oportunidad, al entrar a otro despacho, un empleado de nombre Daniel me reconoce y a modo de broma me tira con un cenicero de madera, al que esquivo y golpea contra una puerta. Muy caliente por lo que me hizo le digo “me las vas a pagar”. Al llegar a mi oficina le comento a Olga, que era mi compañera, lo que me había hecho este muchacho y aprovechando que el Secretario General (Matías) se había ido, nos dispusimos a organizar una broma pesada.
Eran casi las siete de la tarde y, antes de que se retire, Olga lo llama por teléfono diciéndole que el Secretario General me había escuchado cuando yo le contaba a ella lo sucedido en su oficina y que quería hablar urgente con él porque lo que había hecho era una “barbaridad”. Luego del llamado entro en el despacho de mi jefe y me pongo la chaqueta y la gorra de su uniforme; oprimo el botón que enciende la luz roja de la puerta indicando que estaba ocupado, esperando que Olga me avise que el “insurrecto” había llegado. Al llegar lo hago esperar una hora mientras oprimo el timbre para que venga mi supuesta secretaria a quien le hablo a los gritos para que al salir le dijera que era uno de mis peores días. Por supuesto que a esa altura el joven ya no daba más del susto, pero lo hago esperar más al haberme enterado que tenía prisa para irse. Esto justificaba que me quede un rato más en el trabajo porque iba a ser muy divertido. Cuando ya considero que estaba consumada la venganza llamo a mi ficticia secretaria personal y al abrir la puerta le grito ¡Que entre el mal educado!. Al entrar a mi despacho personal lo veo que estaba todo colorado, tardando en reconocerme y reaccionar. Cuando se avivó que el uniformado que estaba sentado atrás del escritorio era yo, exclamó: ¡Que bien me cagaron!