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Un día cualquiera

Un día donde se refleja la velocidad de la vida cotidiana y uno pierde la posibilidad de disfrutar de lo que hace.

Salgo a la calle otra vez y me doy cuenta de que me atendió con calma, con tranquilidad, sin la aceleración que llevan encima todos, incluido yo. Otra vez el celular: otro mensaje: Mariana:”¿Me compraste las bananitas, bonito?” Sí, te compré, te compré, repito. Entro a la oficina, el teléfono suena como si fueran las 12 del medio día y Ernesto grita: “¡Que alguien lo atienda!”. Pienso: son las 9 de la mañana, si nadie lo atiende es porque están todos ocupados.

El trabajo

Me paso la mañana atendiendo el teléfono, contestando e-mails y preguntas vía Messenger; sacando fotocopias, haciendo de cadete en bancos, pagando cuentas de la luz, el gas y no sé cuántas cosas más.

Como a las apuradas una ensalada que me queda atravesada en medio del esternón por dos horas. Son las cuatro, me quedan solo unos minutos para abandonar mi puestito de trabajo y salir otra vez a la vida. Suena el teléfono: es Andrés, compañero de Teatro, que me recuerda que debo llevar el saco (¡Uy, el saco!) para la pasada de hoy.

El resto del día

Salgo del trabajo, vuelvo a casa en busca del saco, lo meto en una bolsa y me planto en la esquina a esperar el colectivo pero no tengo monedas. Me acerco al kiosco y compro chicles. Llega mi colectivo, apenas me siento sube una mujer con un niño pequeño, de unos 4 años, así que me levanto para cederle el asiento pero un hombre se abalanza sobre el asiento vacío:

-Perdón, pero es para ella el asiento -le explico.

El tipo se da media vuelta blasfemando y se pierde entre la gente, la chica me sonríe y me regala un “Gracias”. En cada esquina el colectivo frena y sube más y más gente. No sé hasta cuando va a subir gente pero estamos peor que sardinas en lata. Yo aprovecho y repaso la letra para el ensayo. Pronto reconozco las calles, estoy llegando. Trato de acercarme a la puerta trasera; a fuerza de coraje me abro paso. Toco el timbre y el colectivo me abandona llevándose el ruido. Entonces me doy cuenta de que me olvidé de llamar a Ana y tampoco me compré las lentes de contacto.

Llego al taller, saludo a mis compañeros. La profe nos apura con el tiempo, porque hoy hay 4 pasadas. Vicky, la ayudante, pregunta:

-Ustedes van primero, Nicolás y Martín… Moliere, El Avaro, ¿No?

-Me tengo que cambiar… -le digo.

-¿Martín llegó?

-No sé, no lo vi.

Andrés se me tira encima:

-¿Me trajiste el saco?

-Sí, tomá.

-Gracias, capo.

Me quedo pensando. No me gusta hacer pasadas sin meditar antes o sin un mínimo de calentamiento. Pero bue…

La noche

A la salida de Teatro la mayoría de mis compañeros coinciden en ir a cenar unas pizzas con cerveza, yo me resisto. Estoy cansado. Tengo ganas de caminar y respirar la noche. Avanzo por la diagonal, camino tranquilo, alejándome del bullicio. Pienso en mis últimas vacaciones en Córdoba a la orilla del lago.

-¡Nicooooooooooo! -grita una voz dentro de un auto-. Subí que te llevo. ¿Para dónde vas?

Miro la calle. Tenía ganas de caminar… No digo nada y me subo.

En el trayecto Juan me habla mientras de fondo el reggaeton me taladra la cabeza. No entiendo nada de lo que me está diciendo. Finalmente, me deja en la puerta de casa. Le agradezco el gesto. Es tarde. Entonces me acuerdo de que no llamé a Ana para decirle feliz cumpleaños.

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2 Responses to “Un día cualquiera”

  1. fabiann cazador dice:

    q pelotudes mas grande ..mama hay q estar al pedo….eh,,,

  2. Chiva dice:

    “Salir a respirar la noche…” muy bueno

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