Un día donde se refleja la velocidad de la vida cotidiana y uno pierde la posibilidad de disfrutar de lo que hace.
El reloj pega un grito estridente a las 8 am. Me lavo los dientes, me preparo un té, intento peinarme, me pongo un poco de perfume. Meto en mi mochila el cuaderno para la clase de teatro, agarro plata, meto la llave en la cerradura y salgo para el trabajo. Pero cuando estoy del otro lado de la puerta me doy cuenta de que me olvidé el celular. Abro la puerta y entro. Veo, a través del vidrio de la puerta del patio, la bolsa de la basura; debería sacarla, me digo. Así que busco el celular y saco entonces la basura a la calle.
Camino hasta el trabajo. Por suerte ahora estoy solo a cinco cuadras, y trato de disfrutarlas, como si la libertad fueran exactamente 5 cuadras. Sé que soy un privilegiado; en una ciudad grande es un privilegio ir caminando al trabajo. Voy pensando en esto y en la posibilidad de hacer algún viaje en el verano, cuando un bocinazo me saca de mis pensamientos. Ya no es un bocinazo son cinco, diez, los autos se amontonan de a decenas y se insultan a bocinazos. Dudo si bajar a la calle o no porque el semáforo está a punto de ponerse en verde. Sin disminuir ni acelerar la marcha bajo a la calle pero los autos arrancan y un conductor me insulta con la mirada. Retrocedo por amor a mí y subo a la vereda.
Hoy es el cumpleaños de Ana. Debería escribirle o llamarla. De camino a Teatro puedo hacerlo y también podría pasar por la óptica y comprarme las lentes de contacto.
Finalmente el semáforo vuelve a la luz roja y yo me echo a andar. Una bicicleta desobedece la luz y me roza la nariz. No insulto a viva voz pero lo hago para mí. Suena el celular: un mensaje: Mariana, mi jefa. Qué por favor le compre dos bananas que se olvidó.
Que le compre dos bananas… No lo puedo creer. Pasa que soy un flojito y las mujeres se aprovechan de mí, me escriben un “por fi bonito” o un “dale lindo, si?” Y no hay manera de que les diga que no; entonces voy y le compro las benditas bananas en la verdulería de la esquina. La atiende un chico de mi edad con acento extranjero quizá boliviano, quizá peruano, me dice “señor” todo el tiempo (“señor”) y habla con un tono (“señor”) que por un lado denota respeto y por el otro sumisión, como si yo fuera un “señor” y él un esclavo, entonces me pone incómodo. Quizá está acostumbrado a la soberbia de mucha gente. Para ponernos al mismo escalón le digo: “Chau, che”, y me voy con las dos bananas. La próxima vez le pregunto el nombre, me digo.
q pelotudes mas grande ..mama hay q estar al pedo….eh,,,
“Salir a respirar la noche…” muy bueno