Los que tuvimos una infancia feliz hemos sido bendecidos por el Creador por haber vivido esos momentos maravillosos, y por recordarlos con nostalgia. He querido compartir aquellos momentos de mi niñez, y aun de mi adolescencia en la hermosa ciudad norteña.
Cuando se escuchaba el grito de “auto”, “señora” o “alto taco”, se paraba la pelota donde estaba, hasta que pasaba el vehículo. Si era una persona había que parar hasta que se fuese a una distancia prudencial, y más si iban con chiquitos.
Como la “cancha” era de pared a pared, el cordón de la vereda, los cestos para la basura, los árboles, y ocasionalmente algunos bancos, eran sólo un instrumento más que se usaba para “gambetear”. Rebotase donde rebotase había que seguir jugando, y se cobraba saque lateral sólo cuando caía en la casa de algún vecino, de más está decir que el que la tiraba la iba a buscar, y si era rebote iban los dos.
Me acuerdo también que una vez mi hermano me regaló una pelota de cuero, la misma que usaron para el mundial 78′. Cuando se la mostré a mis amigos, parecíamos haber ganado un trofeo: “es la original”, decían todos. Ese mismo fin de semana fuimos a jugar en una cancha del barrio, que para nosotros era… no sé, como jugar en un estadio.
Mientras íbamos, presumíamos todos con la pelota, haciendo “pases” por la calle. Jugamos creo que dos o tres partidos, pero claro, no había alambrado en ese entonces, cuando en una jugada la pelota salió a la calle. No sé de dónde apareció, pero pasó como una flecha; era un camión, que sin intentar siquiera frenar, le pasó por encima. Todos nos quedamos mirando. Algunos se encogieron de hombros y arrugando la nariz, como si les hubiera dolido a ellos, y es que el reventón sonó fuerte.
Cuando fuimos a ver estaba reventada. Lalín, José y Nicolás, los cirujanos expertos en pelota, certificaron la defunción en el momento que la vieron: “no se puede cocer, se rompió el cuero”. La alegría de tener una pelota “de las buenas” había llegado a su fin.
Así también llegó a su final mi recuerdo. Mi esposa me toca el hombro diciéndome: “Reaccioná, ya está la comida”. Es cuando me doy cuenta de que mis muchachos ya se lavaron las manos y están sentados a la mesa, y yo… yo recién despierto de este partido.