Una de esas situaciones en las que querés desaparecer.
En una oportunidad, siendo un adolescente, me escapo del trabajo para ir al kiosco de la esquina, en la calle 6 y 34 de la ciudad de La Plata, atendido por Don Armando, a quien le compro un yogurt. Al regresar a la oficina me lo tomo.
Luego se me ocurre llenar el envase de plasticola (adhesivo vinílico) para devolverlo con la excusa de que estaba en mal estado y cambiarlo por otro. Al enterarse mis compañeros, mucho más grandes, me lo festejan haciendo que me agrande, por lo que vuelvo a efectuar otro cambio de yogurt. Al otro día cuando regreso a trabajar me dicen que Don Armando había hecho una denuncia y que una mujer se había intoxicado al ingerir un yogurt.
En ese momento comencé a sentirme mal y parecía que mis intestinos me iban a traicionar en cualquier momento mientras mis compañeros, entre ellos un abogado de nombre Aldo, hacían comentarios sobre lo mal que había hecho al cambiar esos yogures. Pasó un tiempo en el cuál fui varias veces al baño y juré que si me salvaba de esta me iba a portar bien (¿Se trataba acaso de mi primer homicidio?).
Luego me dijeron que era una broma y mi alma regresó al cuerpo. Ya agrandadito, al no pasar nada, voy al kiosco a comprar un yogurt y me encuentro con que Don Armando me dio uno todo manchado de plasticola; pensé: “este viejo me cagó”. Antes de irme le digo “este yogurt esta abierto” y me contesta “no pibe, estos que están acá son los que reventaron” y veo una caja de yogurt toda manchada con el adhesivo. La había apartado para devolver al proveedor.