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Los deseos reprimidos, o el arte de recapacitar

Pero, en realidad, la represión de algunos deseos, como el responder con groserías, o el dedicarse a la vagancia teniendo la oportunidad de hacer algo por su vida fue lo que le sirvió para asegurarse cierta independencia y crearse un hábito necesario para satisfacer los deseos que él deseaba ver realizados.

Un simpático anciano se sentó a mi lado, en el parque, durante la hora de mi almuerzo y me sorprendió con esta singular conversación.

Hubo una representación teatral, más o menos a mediados de los años veinte, llamada “Deseos Reprimidos”, la cual tenía como moraleja que el único modo de solucionar la problemática de los deseos reprimidos era, precisamente, seguir reprimiéndolos. Situación bastante extraña en los tiempos que corren.

Hoy, esa solución, aparte de hacernos sonreír, parecería muy anticuada o enfermiza, por decir lo menos, pero hay personas que tienen sus dudas, ya que argumentan que casi nadie se da el tiempo de hacer una reflexión, y mucho menos de recapacitar. Ya que si alguien tiene el deseo de una cosa, la adquiere aunque tenga que pagarla, en cómodas cuotas, y durante muchos años.

Y me formula la siguiente pregunta: ¿se acuerda usted de los tiempos en que la gente pensaba bien las cosas, y al final terminaba obteniéndose de ellas?

En esta época si un muchacho se enamora de una chica se casan en un corto tiempo, y un par de años después, si no tienen uno o más hijos, uno de ellos trata de seguir estudiando aunque sean los padres quienes hagan los mayores gastos de ese nuevo hogar.

Si se consideran molestas las reuniones sociales, las vestimentas rotas o multicolores, llenos de aros y colgajos, hacen el contrapeso, y lo que es más preocupante, se subsiste con un vocabulario de no más de un par de docenas de palabras vulgares.

Claro que, honestamente, esa costumbre de reprimir los deseos tenia mucho de malsano, ya que miles de personas morían sin haber conocido ni sabido lo que era divertirse. Y se pensaba que bastaba con desear algo para que estuviera marcado por el pecado, y mucha gente pasaba sus días, con sus noches, sin hacer ninguna cosa.

Y llegó Freud con sus discípulos, y nos aseguro que la causa de nuestros pesares era la represión de los deseos, y si no seguíamos nuestros impulsos, terminaríamos en el manicomio. Y esta bien, tal sentencia no esta tan equivocada, y es que cada idea sea manifestada por una acción, y lo de que “el conciente es una fuerza motriz” es una ley bastante bien definida de una conducta mental sana.

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