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La inauguración de la plaza

La paradoja de ser pobres en un país lleno de riquezas.

Días atrás caminaba por la plaza principal de la ciudad de Posadas, capital de la Provincia de Misiones, territorio provincial  por demás lejano de la gran Buenos Aires, a mil kilómetros de la estrella del Río de la Plata, cuna de la “cultura argentina”, tango, asado, parrillada y churrasco, fútbol, Borges, Piazzola, Maradona, desaparecidos y memoria, derechos humanos, y hambre, paco, efedrina, Perón y Evita, entre otros muchos etc; con una población que hoy apenas supera el millón de habitantes, surcada por arroyos y cascadas, ladeada por dos grandes ríos, el Paraná y el Uruguay, la provincia de Misiones escupe a la cara de las urbes con propaganda verde de monte fresco, y fauna salvaje, de las Cataratas del Iguazú y las Reducciones Jesuíticas de los primeros evangelizadores de San Ignacio. Misiones enquistada como una cuña entre la Republica del Paraguay y la Republica Federativa Do Brasil, con estirpe perdida en incontables mezclas de idiomas, etnias y culturas de los “colonos”, los primeros inmigrantes, que trajeron el “progreso”.

Esta plaza, denominada 9 de julio, en Posadas, cuyo nombre es en conmemoración de la fecha de independencia de la República Argentina, una plaza cuya ostentosa y publicitada remodelación costó según estimaciones de medios periodísticos, alrededor de trece millones de pesos, que incluyó nuevos adoquines, miradores techados y ornamentados con exquisito y refinado gusto, aunque con una leve tendencia post modernista, una bella fuente con luces y lámparas de última generación. Todo muy limpio, ordenado, con sabor a ciudad de primer mundo, aunque lo más cercano que muchos podemos identificar con eso son las ciudades costeras de Brasil, que salteadamente visitamos cada vez que el valor oscilante y casi caprichoso del dólar nos permite “insertarnos”, “incluirnos” en la vorágine vacacional del verano abrasador de estas tierras, que obliga a buscar las playas y el mar de nuestros vecinos brasileños.

Esta plaza, que se inaugura con imponentes fuegos de artificio, que sorprende a la vista de los niños, jóvenes y adultos que disfrutan del espectáculo en la noche clara y fría de nuestro otoño invierno, pero que no alcanza para darle calor a las familias con niños muy menores, para andar solos, pero no para pedir limosna, y que por las noches se refugiaban debajo de los árboles de la plaza “vieja” para dormir, usarlos de excusado, hacer de guías ocasionales de los turistas de paso, o hacer malabarismos, robar alguna pequeñez no tan pequeña, o hacerse el tiempo donde la vida dura se confunde con el juego, y los límites no se ven con claridad, se hacen difusos en la pelea diaria por llevar algo al estómago al mediodía muy pasado, la “siesta” decimos por acá, o por zafar del castigo de los ¿padres? que no se quedan solo en palabras cuando las manitos no llevan suficientes monedas.

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